Publicado el 16 de agosto del 2014 por unoauno, taller del lectura en psicoanálisis.
Entrevista con Ricardo Bianchi
1. ¿Cómo anticipa Usted el porvenir de la «clínica psicoanalítica»?
La llamada “clínica psicoanalítica” no supo separarse del modelo médico (donde el paciente está bajo la mirada, como lo ha mostrado Michel Foucault [1]), hasta edificar una nosografía compuesta por tres grandes entidades clínicas: neurosis, psicosis, perversión.
Denominarlas “estructuras” más que “enfermedades” nada modifica. De este modo por ejemplo continuamos imaginando un grado superior de gravedad en las psicosis, comparándolas con las neurosis, lo cual no tiene ningún sentido, situación que Lacan no dejó de hacer saber. En cuanto a la perversión, la diversidad misma que ese término intenta agrupar alcanza para demostrar su no-pertinencia, y por lo tanto a minima la inutilidad, o peor aún, la nocividad (algo de eso saben, especialmente, los homosexuales y los transexuales[2]). Aunque numerosos psicoanalistas que se ocupan de este tema lo digan, bajo reserva, diagnosticar es identificar. Pero, el analista no identifica.
Una clínica analítica nunca tendrá otra efectividad que su propia renovación, que opera al menos de dos maneras: revisitando los casos publicados (lo que Lacan ha practicado ampliamente, igual que muchos otros, psicoanalistas, historiadores, especialmente en los casos de Freud); publicando nuevos casos (algo a lo cual Lacan se dedicó, con André Gide y James Joyce, por ejemplo, absteniéndose absolutamente en cuanto a los que hubieran surgido de su práctica). Estos dos medios indican que la clínica analítica no está jamás estabilizada, fijada –tal es su grandeza, que no puede más que conllevar cierta miseria, la de una imposible enseñanza clínica excepto, precisamente, estas dos vías innovadoras, y por consiguiente inestables, desestabilizantes. Pero, tanto una como la otra no logran efectividad sino realizando aquello que Gilles Deleuze en su presentación de los últimos avances de Michel Foucault apunta en los siguientes términos:
La subjetivación, la relación consigo mismo [rapport à soi] no cesa de traducirse, pero metamorfoseándose, cambiando de modo, hasta el extremo de que el modo griego es un recuerdo bien lejano. Recuperada por las relaciones de poder, por las relaciones de saber, la relación consigo mismo [rapport à soi] no cesa de renacer, en otro sitio y de otra forma[3].
Admitiremos que la casuística analítica (la casuística, es pensar por casos, solamente por casos) sólo se reveló innovadora cuando recogió la manera, cada vez actual, en la que la relación consigo mismo [rapport à soi] supo “renacer, en otro sitio y de otra forma”.
2. ¿Cómo imagina las formas venideras del síntoma?
No siendo ni profeta, ni visionario, ni socio de pronosticar, heme aquí, sin poder responderle…
3. ¿Cuál es el lugar y la función del discurso psicoanalítico en la Universidad, en caso de que usted le asigne alguno?
No es concebible que pueda existir en la universidad un discurso otro que el universitario. No está en juego aquí la buena voluntad ni la intención de quienes allí enseñan sino, más sencillamente y más radicalmente, el dispositivo (cursos, exámenes, trabajos dirigidos, diplomas, tesis, etc.).
Dicho esto, no soy sin embargo, y de acuerdo con Lacan, de los que enarbolan el discurso psicoanalítico insinuando todo el desprecio que sienten por el discurso universitario.

La dirección de cada producción de saber que se presenta con la bandera del análisis es, según Lacan, el no-analista, así el universitario. Ese punto de dirección es muy importante, vale como uno de los rasgos, poco numerosos, que permiten distinguir el movimiento analítico de una secta (este último término entendido peyorativamente, como es el caso en Occidente –para nada en India). Por su parte el no-analista señala que no hay “entre psicoanalistas”, no hay “colega psicoanalista”; “analista” no se escribe en plural, si, sin embargo, se admite que analizar remite al acto y que ese acto es más necesariamente el de alguien que es llamado, en ese acto, a encarnar a cualquiera. Pensado como un acto, el análisis excluye que alguien pueda nunca declarar: “Yo soy psicoanalista”, ya que no se lo es por fuera del acto, mientras que en el acto, Lacan lo señaló, “el sujeto no está allí”.
Por otra parte, no existe analista cuya producción inventiva haya podido ser apreciada, del que pueda admitirse que esa producción se haya abstenido de todo apoyo obre trabajos universitarios. Al respecto Lacan es ejemplar, no lo es menos Freud.
4. ¿Cómo interpreta esa invención de Lacan, «el deseo del analista», y su relación con la contratransferencia?
Un único seminario de una duración de un año no alcanzaría para permitirme responderle.
5. ¿Cuál es su propuesta para el análisis de control y qué función le asigna?
Jean Clavreul –paz a su alma– forma parte de este primer conjunto de gente que siguió los seminarios de Lacan, pero que no juzgaron adecuado, leerlo ni mucho menos estudiarlo de manera crítica. Todo sucedió entonces como si estar impregnado de Lacan fuese suficiente. Este diagnóstico no es mío, fue del propio Lacan:
En ese momento debía hacerme entender por mi auditorio… ¿Qué podía importarles? Simplemente, ellos escuchaban Lacan. En fin, Lacan, esa especie de payaso, ¿no es cierto? que se movía maravillosamente en su trapecio, por supuesto. Durante ese tiempo, entornaban los ojos pensando cómo podrían regresar a su digestión[4].
Una tal impregnación digestiva impidió sobre todo esclarecer la relación de Lacan a Freud, y dejó a todos y cada uno inerte bajo la sugestión de Lacan, políticamente útil y teóricamente incorrecta, reivindicándose freudiano (llamé “freudolacanismo” a esta incapacidad de los pretendidos “alumnos” de desprenderse de esta sugestión). Abreviando, y a riesgo de simplificar un poco, diría que Freud piensa en dos (en términos de conflicto), Lacan en tres (en términos de tirantez). Por qué, si no estaba en juego ese cambio de paradigma, Lacan habría debido reconsiderar, reconfigurar casi todas las tesis de Freud que puso en su mesa de trabajo. No faltan los ejemplos. ¿Así, cuando define el autoerotismo como una “falta de sí”, es freudiano? Ciertamente no. ¿Lo es cuando afirma que hay transferencia en las psicosis? Tampoco. Su yo –moi-, el de la identificación imaginaria, ¿tiene una mínima relación con el yo –moi– de la segunda tópica? Ninguna relación. Etc.
En lo que usted recuerda que hubiera dicho Clavreul no leo más que pavadas. La noción freudiana de “construcción” desorientó frecuentemente a Freud, y el caso llamado “la Joven Homosexual” fue un claro ejemplo de ello. De Freud a Lacan el cambio de paradigma fue acompañado de un cambio de estilo en el ejercicio del análisis –por otra parte, no podía ser de otra manera, no pudiendo el uno ser sin el otro. Y el estilo lacaniano de analizar, especialmente esta manera de pegarse al acontecimiento, a lo puntual, dicho de otro modo y mejor dicho de dejar lugar a la intervención del relámpago, prescinde de todo recurso a la construcción. La presentación freudiana del análisis como de un viaje en dos tiempos, un primer tiempo en el que el analista se forma una opinión del caso (en francés decimos “se faire une religión”, crearse una religión), luego un segundo tiempo donde trata de hacer admitir esta construcción al paciente, ya no tiene ningún sentido para Lacan.
La Psychanalyse. Science, thérapie – et cause (El psicoanálisis. Ciencia, terapia – y causa), de Moustapha Safouan [5]. recientemente aparecido en Francia, permite darse cuenta que la gran obra de Ferenczi y de Rank, (Perspectivas del psicoanálisis), aparecido en enero de 1924, había instaurado una fractura en el campo freudiano. Esta fractura genera dos maneras diferentes de analizar, que permanecen, no menos rivales, aún hoy. El seminario de Lacan El Acto psicoanalítico tomó clara posición a favor y del lado de Ferenczi pregonando el análisis como acto y ya no sólo como “reelaboración”. Entonces, intentar introducir en Lacan la noción freudiana de “construcción” nos lleva a desestimar este posicionamiento de Lacan. Vemos aquí, con Clavreul, funcionar a pleno el freudolacanismo. ¿Se puede estar más confundido que atribuyendo dicha “construcción” al “deseo del analista” (del que Freud no tenía la menor idea)? No es el “deseo del analista” quien lleva a Freud a “construir”, como lo hizo, el caso de la Joven Homosexual, sino preferentemente la posición de quererse, como lo notó Lacan, “demasiado padre”. La joven homosexual no pudo sino reír, y hasta burlarse, viendo a Freud intentar adjudicarle un complejo de Edipo[6].
La confusión, esta vez interna al trazado –frayage– de Lacan, llega al colmo cuando se hace del control una forma de pase, tal como usted me escribe que Clavreul lo hubiera considerado. No veo allí más que un caso en el que el pase fue mal conducido. Mucha gente que no tiene más que la palabra “pase” en los labios, no tiene ninguna idea de qué se trata; algunos inclusive, han logrado ubicar dicho pase en sus instituciones logrando hacer olvidar que habían estado totalmente en contra del pase y se habían abstenido ellos mismos de comprometerse en el pase (¡con razón!). Y podemos aquí recordar que Lacan declaró, en seminario, es decir en público, que no recomendaba a ninguno de los AE (Analistas de la Escuela) presentarse al pase. ¡Ellos no habían llegado ahí! Y no obstante era a ellos que Lacan se había remitido para juzgar cada pase, esperando, en vano entonces, que la puesta en acto reiterada del pase los transformara. Sin embargo, poco reservado en invenciones, Lacan no supo más que solicitar a los AE que él mismo había designado (no sin cierta arbitrariedad y por conveniencia) que participen del llamado “jurado de aprobación” considerado en condición de distinguir si el candidato estaba en un momento de pase. Lo supo más tarde, se había equivocado.
6. ¿Ha abandonado ese proyecto abierto en su viejo libro letra por letra mediante el ternario: traducir-transcribir-transliterar?
¿Letra por letra, se trata de un “viejo libro”? El ternario que usted recuerda: “traducir, transcribir, transliterar”, es un derivado, sub-producto del fundamental y paradigmático ternario “imaginario, real, simbólico”. De este modo se condiciona a su devenir. ¿Qué devenir? Mucho de lo que puedo leer de literatura “lacaniana” parece no estar para nada reglada sobre este paradigma, mientras que Lacan, a partir de 1953, momento en que lo inventa, luego a todo lo largo de su recorrido y hasta el final, no cesó de ponerlo en juego en la menor de sus intenciones. Su fracaso, tal como él ha dicho, está también allí. Y es de esa manera que puedo, al menos en parte, explicarme la escasa cantidad de trabajos que se sirvieron de mi desarrollo de “imaginario, real, simbólico” en “traducir, transcribir, transliterar”. Hacer la lista de los errores que implica este doble no tener en cuenta sería fastidioso. Letra por letra no envejeció, no tiene ni una arruga, esta obra, como y con el ternario R.S.I., ha sido más bien congelada.
Lo que siguió al deceso de Lacan no fue muy distinto de lo que siguió al de Freud, una especie de ahogamiento de una enseñanza a fuerza de comentarios ineptos sostenidos por aquellos que pretenden seguirlo. Hay algunas excepciones. Vamos, me lanzo a una evaluación. Entre las miles de obras que fueron publicadas sobre Lacan luego de su deceso, ¿cuántas valen la pena ser estudiadas? ¿Cuántas, siempre en el camino de la enseñanza de Lacan, aclaran esta enseñanza, dicho de otro modo, la problematizan? ¿Uno por ciento? ¿Dos por ciento? En las ocasiones en que vengo a Argentina, pregunto cada vez: “¿Algún libro recientemente publicado aquí merece ser traducido al francés?”. Raras son las veces en que mis interlocutores dan cuenta de una obra de esas características, y cuando eso sucede, las editoriales de la Escuela Lacaniana (Epel) no dejan de publicarla.
De esta marea negra de ineptitudes “lacanianas”, nadie es responsable si no, de entrada, la enseñanza de Lacan. ¿No declaró él acaso: “Mis alumnos, si supieran dónde los conduzco, estarían aterrorizados”? O inclusive: “El deseo, es el infierno”. El acceso a la inexistencia del Otro (que no es el infierno) presenta efectivamente en este caso un rostro de terror, de donde se deduce, al menos en parte, la distancia a la que se está.
¿Existe un camino que permita el acceso a la enseñanza de Lacan en su radicalidad?
Con respecto a esto, parece ejemplar la relación de Lacan a Freud. Lacan abordó a Freud no virgen de toda cosa anterior, sino disponiendo de un punto de apoyo que iba a permitirle accionar su palanca Freud. ¿Cuál? Su estadio del espejo (inventado cuando no era en absoluto freudiano), dicho de otro modo, su definición del yo –moi–, la cual iba a encontrar más tarde su lugar con esta otra invención lacaniana (también para nada freudiana), la del ternario simbólico, imaginario, real. Se puede ver, de allí, que a cada uno se le plantea el interrogante de saber a partir de qué punto de apoyo, de alguna manera exterior a Lacan (como el estado del espejo estaba fuera del campo del discurso de Freud), se presentaría como posible abordar a Lacan (en lo que a mí concierne fue el hallazgo de la transliteración). O mejor aún, mientras este interrogante se presenta, nada sucede, ya que es una vez resuelto que se torna posible una inédita y fructífera lectura de Lacan.
Fuente: http://www.jeanallouch.com/document/272/2014-entrevista-con-ricardo-bianchi.html
Fuente imagen: http://zizirider.blogspot.mx/2011/10/en-tunisie-rien-ne-va-et-cest-la-merde.html?m=1
Texto en negritas: unoauno
[1] Michel Foucault, El nacimiento de la clínica. Siglo XXI editores, 2008.
[2] Aquellos que han podido leer cierta “presentación de enfermo” de Lacan, juzgaron, con toda razón, intolerable lo que llegó a decir el presentador. Y muy recientemente una vez más pudo leerse en el diario Le Monde (11 de abril 2014) la siguiente expresión sostenida por alguien que, como tantos otros, incluidos psicoanalistas, debió haber tenido que ponerse al día, pero cuya expresión da testimonio de no conseguirlo en absoluto. Habiendo escrito “transexualismo” el periodista precisa, entre paréntesis: “Convicción de pertenecer a otro sexo que el suyo”, o sea, exactamente la aserción que fuera determinante para que los transexuales fueran considerados como psicóticos y maltratados como tales.
[3] Giles Deleuze, Foucault, Buenos Aires, Paidós, 2003. Pág. 136.
[4] J. Lacan, …o peor, 21 Junio de 1972, Buenos Aires, Paidós, 2012.
[5] París, Thierry Marchaisse éd., 2014.
[6] Inés Rieder, Diana Voigt, Sidonie Csillag.“La joven homosexual” de Freud. Buenos Aires, El cuenco de plata/Ediciones literales, 2004. Jean Allouch, La sombra de tu perro. Discurso psicoanalítico. Discurso lesbiano. Buenos Aires, El cuenco de plata, 2004.
