Publicado el 24 de julio del 2020 por unoauno, taller del lectura en psicoanálisis.
Hoy publicamos un artículo del cual lo mínimo que se puede decir es su vertiente de invitación, para no indicar su carácter de denuncia. Bernard Casanova nos acerca a una serie de interrogantes y “molestias” sobre el uso continuo por parte de algunos analistas “lacanianos” de la psicopatología freudiana e incluso de la nosografía psiquiátrica, aún después de la introducción por parte de Lacan de su ternario RSI. Hace ya algún tiempo publicamos aquí mismo el texto de Jean Allouch Perturbación en pernepsi que junto al de Casanova plantea ese fin de la psicopatología psicoanalítica, de la cual a muchos aún hoy se les dificulta desprenderse y en la que fácilmente se sumergen, razón por la cual nos parece un texto de marcada actualidad.
Este artículo originalmente fue publicado en Revue du Litoral 42, EPEL, París, 1995, y traducido al español por Carlos Schilling para su publicación en el número 25/26 de Litoral en español, Córdoba, Argentina, mayo de 1998, y de donde lo hemos tomado para su publicación aquí y que también puede ser encontrado en los números de Litoral (francés y español) que se encuentran en la página de la école lacanienne de psychanalyse. Sin más, he aquí el texto.
unoauno taller de lectura en psicoanálisis.
Guadalajara, Jalisco, México. Julio 2020.
¿Te volviste loco, psiquiatra imbécil,
pensaste que yo me creía Jesús Cristo ?
Simplemente dije, y lo repito,
que yo, Antonin Artaud, 50 inviernos,
me acuerdo del Gólgota…
Histoire vécue d’Artaud-Mómo
…eso que se llama impropiamente la clínica…
(Lacan, 14 de mayo de 1969)
Después del tiempo -¿qué tiempo?- digamos después del tiempo que oímos y transcribimos y leemos Lacan, después del tiempo que lo examinamos, lo interpretamos y lo citamos, que lo parafraseamos, que lo comentamos, que lo bibliografiamos y lo thesaurisamos; después del tiempo que hacemos nudos a tres o a cuatro, o cadenas o trenzas, que deshacemos, que desanudamos, que desencadenamos y que destrenzamos, a veces incluso en color; después del tiempo que hacemos bandas donde el derecho es el revés, después del tiempo que nos toramos en los agujeros, que nos autopenetramos en el espacio o en las botellas sin boca ni culo…, (me dirán que no hace tanto tiempo, pero no obstante hace tiempo)- después de todo ese tiempo, se podría pensar que la clínica-eso que llamamos así por costumbre sin saber bien la razón- iba a moverse considerablemente, que en “pernepsi” -tomando de otro autor ese neologismo acrofónico(1) para designar la triada clínica perversión, neurosis, psicosis- iban a registrarse graves perturbaciones, parecidas a tempestades o tormentas; o si no la ruptura; se podría pensar incluso que esta división, codificación, clasificación pernepsi iba a estallar, a explotar con todas esas novedades que aportaba Lacan. Más exactamente aún, se podría pensar que la llegada a la escena psicoanalítica del ternario constituido por real, simbólico e imaginario, ya no permitía obrar como antes, y que con RSI ya no se podría funcionar (como) con pernepsi.
Pero no, por más increíble, por más inverosímil que parezca, no se ha movido ni un pelo, ni siquiera un breve temblor, ni la menor perturbación en pernepsi(2); ¡qué suerte! se habría logrado la notable hazaña de no poder dejar de lado el RSI, sin abandonar pernepsi. En principio, se me preguntará (tal vez), ¿por qué aproximo de ese modo el ternario lacaniano y la trilogía clínica y los coloco en una especie de oposición? Es que en ese punto hay algo que me molesta desde hace tiempo.
Para decirlo sin dudas demasiado rápidamente, hay que saber si se elige pensar con dos o con tres; dicho así parece un poco simple, pero me pregunto si mi malestar no se sitúa exactamente en ese lugar(3).
Ciertamente tanto ese ternario como esa trilogía son tres; pero la tripartición efectuada afecta dos campos absolutamente diferentes: el cuadro de clasificación pernepsi, dado que ordena los problemas del alma (puede decirse también las
perturbaciones de la mente o las disfunciones del aparato psíquico), supone el dos, el dualismo del cuerpo y del alma (psiquismo si se quiere), es lo que se llama corrientemente -en las universidades, los hospitales, los manuales de psiquiatría y de psicología, las veladas mundanas, etc.- la psicopatología (discúlpenme este repaso elemental, pero es necesario para plantear bien la cuestión que me molesta). Los psicoanalistas -digamos los lacanianos, digamos en fin ciertos lacanianos- audaces como son, dirán respecto a la psicopatología simplemente que no existe, ni psicopatología, ni psico, pero -y es lo que me molesta- eso no les impide sumergirse blandamente en pernepsi.
RSI, en cambio, hace pensar en tres, pero no tres partes del alma, ni tres pedazos de vaya a saber qué aparato psíquico (que el Señor Changeux, por ejemplo, junto a varios otros, está en proceso de inculcarnos) sino tres del ser hablante. Y quizá, no se dice claramente esta enormidad: RSI es la ruina del alma, la destrucción y la desaparición del aparato psíquico.
Entonces ya nada es lo mismo, o mejor, ya nada debería ser como antes, dado que se ha pasado de dos a tres; sin embargo parece que todo continua tranquilamente… ¡y es eso lo que me molesta! Si RSI trae algo nuevo en tanto que ternario relativo al ser hablante (parlétre) y ya no el psiquismo del hombre -digámoslo grosera y rápidamente de ese modo- ¿se puede seguir utilizando el buen cuadro pernepsi que clasificaba los estados del alma? ¿Cómo hacen, los psicoanalistas, para suponer al principio que no hay psicogénesis, y después, a medio camino, utilizar en la clínica -usemos esa palabra- elementos que presuponen que existe? ¡Seguramente los psicoanalistas no pretenden juntar RSI con el dualismo -arriesguemos esta otra palabra- psicosomático! Pero tal vez después de reflexionar y examinar el tema se revele que sí. Como dice Lacan “necesitamos el alma como la garrapata la piel del perro” (4).
De modo que la irrupción de RSI en el psicoanálisis, no parece alterar en nada la psicopatología freudiana, y en eso consiste mi malestar. Pues recordaré que la clasificación en perversión, neurosis, psicosis, es freudiana; si no viene completamente de Freud, al menos Freud la ha confirmado y fortalecido, es a él a quien debemos la solidez y la perennidad de esos casilleros, donde cada uno puede situarse o situar al otro, a todos los otros(5). Uno puede preguntarse si se trata de una vieja supervivencia, tenaz y adherida como una garrapata, del freudolacanismo desesperado. En ese punto, Freud no llegó a ser desplazado, no se pudo, o no se quiso, desplazarlo; como si, acrobáticamente, estuviéramos agarrados con una mano al ternario lacaniano y con la otra a la psicopatología freudiana. ¿Mi malestar será freudo-lacaniano?
En este último tiempo tuve entre las manos un libro, recientemente editado, que se titula Clinique psychanalytique(6). El autor es alguien que ha leído mucho a Lacan, la prueba es que publicó hace poco -con el mismo editor- dos volúmenes de introducción a la lectura de Lacan y -con otro editor- un repertorio bibliográfico exhaustivo (las tarjetas postales incluidas) de la obra de Lacan. El título Clinique psychanalytique evidentemente me llama la atención, pero, horror, ¿que veo en la tapa? ¡Una quimera, una visión de pesadilla: dos cabezas -célebres- encastradas la una en la otra, o como si una surgiera de la otra, monstruo cefálico teratológico, con tres ojos y dos bocas… la representación, la imagen del freudolacanismo! A pesar de todo, leí un poco: por ejemplo, el autor nos habla, tras haber citado al Lacan de 1953, de la “relación intersubjetiva, es decir la transferencia” (p.19); y luego del “referente psicoanalítico” que debe entenderse junto al “cuadro de la semiologia psicopatológica y de la nosografía que de él procede” (p.42); por lo tanto el psicoanálisis debería acoplarse a la semiología, ciencia de los signos, y a la nosografía, nomenclatura de las enfermedades; ¡qué suerte que todo pueda ajustarse tan bien. Después, se trata de “la organización psicosexual específica” de los perversos; ¡todos saben que para los psicoanalista el psico es terriblemente sexual(7)!
Uno recibe muchas informaciones diversas por correo, a condición por supuesto de figurar en ciertos ficheros. Es así que un nuevo periódico acaba de aparecer: el Journal français de psychiatrie, con comité científico y de redacción impresionantes; y se precisa claramente que ese periódico será a la vez “clínico” -eso es concreto- “científico” -¿cómo no serlo?- y “psicoanalítico” -por el mismo precio. He aquí un periódico de psiquiatría psicoanalítica; y oh sorpresa, nos enteramos que dos de los directores de JFP son antiguos miembros de la ex EFP(8); eso me inquietó un poco.
En mi casillero postal también hallé, un folleto de un “Encuentro franco-americano de psicoanálisis”, muy bello, desplegable, con las banderas francesas y norteamericanas en color; tema del encuentro: “Los estados límites”; pero si bien límites tiene una «s”, se trata como todo el mundo lo sabe, del límite entre “ne” y «psi”; eso que te adjudican cuando estás en ciertos estados; no es que pidas estar allí, en esa posición incómoda e incluso peligrosa, inclinándote a veces hacia “ne” y otras hacia “psi”, pero hay que aceptarlo, todo el mundo debe ser clasificado; así los que no presentan síntomas claros y que no expresan francamente de qué lado están, los metemos a cabalgar sobre la barrera. En ese “Encuentro” -y señalo que esta vez fue de psicoanálisis- participaron presidiendo las sesiones, oh sorpresa, antiguos miembros, más o menos conocidos, de la ex-EFP; y todo esa gente pudo reunirse gracias a la colaboración de los laboratorios farmacéuticos que, precisamente -como las cosas fueron bien hechas- venden medicamentos contra esos malos estados. Todo eso alimentó aun más mi malestar.
Una manera, sin duda insuficiente pero válida, de seguir la evolución del psicoanálisis es leer bien la correspondencia. Por ejemplo acaba de aparecer, “bajo la dirección de” un miembro de la antigua EFP(9), una “Introducción a las obras de”…siete grandes psicoanalistas. Nos enteramos así que hay ¡siete grandes psicoanalistas! (Juego: adivinen quiénes son; les doy una ayuda: están todos muertos, condición necesaria, pero por cierto no suficiente, para ser grande). Queda claro que se trata de “revivir el alma de cada autor» (sic), y que no aparece sólo “la obra comentada, sino también […] la imagen interior del autor estudiado (resic); el libro está destinado “tanto al estudiante inquieto… como al psicoanalista confirmado”… eso debería funcionar.
Pero es necesario que vuelva a esa gran división, a esa gran dicotomía (digamos occidental) de la humanidad en dos “osis” (pues «per” está del lado de “ne”; entre per y ne hay como un parentesco, se comprenden, se hacen guiños, a veces se envidian, casi pueden intercambiar síntomas; no existen tres fronteras en pernepsi, sino una sola: perne/psi; las pericias psiquiátricas penales -me dijeron que ahora algunas pericias se le piden especialmente a los psicoanalistas- nos lo recuerdan a menudo: están los que pueden responder, y los que se decide que no pueden responder por sus actos, es entre las dos “osis” donde se da la división). Dejando de lado la glucosa(10) y otros azúcares, el sufijo “osis” connota, en el vocabulario de la patología médica, el carácter no inflamatorio, no agudo, y por eso mismo prolongado, incluso crónico, de una “afección”; se opone al sufijo “itis”, que señala el caso agudo, inflamatorio. Es así que hay artritis y artrosis, dermatitis y dermatosis, etc. Y me doy cuenta que el término psicosis -con motivo del cual organizamos (si no los psicoanalistas actuales no serían actuales) tantos coloquios, congresos, encuentros (¡a veces europeos!), presentaciones, revistas, etc.- es una “afección prolongada”, que figura en una lista con otras treinta enfermedades (cáncer, infarto…) cuyo gastos de tratamiento son reintegrados en un cien por ciento por parte del seguro social; eso también es la psicosis y de allí derivan muchas consecuencias que no hay que dejar de lado.
Me dirán (tal vez) que es elemental y fundamental para la dirección de la cura saber distinguir la neurosis de la psicosis; y es ese saber, agregarán (sin duda), lo que permitirá una interpretación y no otra, pues en uno u otro caso, la transferencia, el sujeto, el objeto y muchas otras bellas cosas, se presentan de maneras distintas y por lo tanto el fin de la cura, etc. (discúlpenme, reconozco que voy un poco rápido, les recomiendo que lean trabajos importantes y serios que ya existen sobre el tema). Es que esto me molesta mucho también, pues ¿qué?, ¿acaso sería necesario que desde las primeras sesiones -las preliminares digamos- el psicoanalista establezca su diagnóstico? ¿que sepa colocar al analizante en la zona apropiada, de un lado o del otro de la frontera, y que en cada zona, le encuentre también un buen casillero, para poder enseguida medir, calcular y regular sus intervenciones? Suelo pensar que el primer objetivo del analista -a la vez el más simple y el más imposible- es no obstaculizar lo que se dé en el análisis. Ese saber preliminar del analista sobre el lugar del analizante en la clasificación pernepsi me molesta mucho, pues bien podría ser un obstáculo, también preliminar, a todo análisis. Mejor sería que el analista aprendiera a no saber y a no escuchar pernepsi en lo que se le dice.
Dado que al fin hay que remitirse al síntoma, ese síntoma del que se habla tan alegremente y con tanta sutileza y erudición, casi hasta el punto de santificarlo; ese síntoma surgido del símbolo, pero distinto del símbolo al que no obstante está anudado (Lacan, 1975). Un síntoma no se vuelve en cierto modo psicoanalítico si no es captado en “su función de significante(11)»; se podría incluso señalar que sólo hay síntoma a partir del momento en que se dirige a un psicoanalista, es decir a alguien que lo captará en su función de significante; de modo que el psicoanalista (el psicoanálisis) tal vez no está muy bien encaminado -como dice Lacan en “esa historia absolutamente loca” que es consultar a un psicoanalista para que “arregle las cosas”-, si éste encierra, si atrapa al síntoma en el saber de la psicopatología, si traduce, en su foro interior (!), eso que alguien le dice en un síntoma fóbico o psicótico, por ejemplo, es porque entonces ya tiene todo cocinado. Un síntoma, un síntoma fóbico, o psicótico, no quiere decir nada; si tiene “una función de significante», eso quiere decir, me parece, que el síntoma no entra en ninguna sintomatología y que es heterogéneo a toda nosografía; no puede haber, no hay sintomatología psicoanalítica.
A veces tengo la impresión que hay quienes creen que la psicopatología o la nosografía existen(12); esta creencia también me molesta; pero probablemente es necesaria en su función de recurso, recurso referencial que permitiría, por ejemplo, esquivar la carga «de una mitad del síntoma”, lo cual es no obstante una condición para que el síntoma sea analizable, pero se trata de una carga demasiado pesada, que un buen saber referencial ayuda a soportar.
Un día, en abril de 1978, Lacan le dió una buena patada al edificio nosográfico, tumbando esa famosa barrera(13) que se creía intocable; ese día él decía que al neurótico que va a demandar un análisis a un psicoanalista -«historia absolutamente loca”- «hay que llamar(lo) psicótico”. Lacan debió equivocarse al decir eso (en una asamblea de analistas), sería como un lapsus, pues si se trata de un neurótico, si está de ese lado no está del otro, etc. Después de quince años que Lacan dijo eso, así de pasada, (fue durante las audiencias sobre el pase en la EFP), hubo tiempo de volver a colocar la barrera e incluso de repintar el muro ne/psi que por otra parte casi no se había rajado después de este error, un error como los que Lacan tan bien sabía cometer.
La “clínica psiconalítica” es una expresión que, aún hoy, vende bien. Digo eso porque hace un montón que la escucho, la leo, y me doy cuenta que sigue siendo atractiva, reúne gente, gusta, sin que por otra parte sea necesario, añadiría, delimitar muy bien
lo que pertenece a la clínica y lo que no. Los psicoanalistas aman profundamente esa palabra. Pero aun cuando sea puesta en el frente de un establecimiento, o califique un examen, una enseñanza, una lección, etc., esa palabra denota absolutamente algo médico. La “clínica psiconalítica” enlaza siempre lo psicoanalítico a lo médico, los une, y al unirlos, lo relaciona con algo con lo que nunca terminamos de no entendernos, y eso me molesta también, pues con Antonin Artaud, por ejemplo, -lo evoco porque suelo leerlo en estos días- ese fue el malentendido trágico.
Pero entonces, se me interrogará probablemente, ¿qué clínica hay para el psicoanálisis?
Tal vez el único lazo, el único vínculo que hay entre la “clínica” y la práctica del psicoanálisis es etimológico. En efecto, habitualmente, pero no obligatoriamente, el psicoanalista le propone al otro acostarse sobre algo que parece un lecho y, en esa posición, hablar. Lacan decía, como siempre clara y rigurosamente, que “la clínica psicoanalítica es lo que se dice en un psicoanálisis”; he allí una definición de la clínica con la que concuerdo y me conforma, y agregaba “la clínica siempre está ligada al lecho… y no se ha encontrado nada mejor que hacer acostar a quienes se ofrecen para un psicoanálisis(14)…” Esa sería entonces la razón de ese acuéstese ahí, y sólo por esa razón podemos conservar, entre nuestros viejos muebles, la palabra clínica; existe el kliné de la clínica y el diván del analista, ambos para gemir: el lecho del sujeto, como se diría así mismo del río.
Si Unbewusst no es lo que no es consciente sino un desliz (une bévue) la clínica ya no es más lo que era y es tiempo de que pasemos a otra cosa, pues después de el tiempo…
NOTAS:
1. J. Allouch, “Perturbación en pernepsi«, Litoral. Nro 15, Córdoba, Edelp, 1993.
2. Dejando de lado ciertos trabajos, artículos y libros surgidos de la elp.
3. Remito a un bello libro de Dany-Robert Dufour Les mysteres de la trinité, París, Gallimard, 1990, donde el autor habla muy bien y muy sabiamente de lo binario y de la trinidad. Hay que agradecerle que haya intentado conscientemente de perturbar un poco el intocable pernepsi, distinguiendo (p. 328 y sgg) cinco “formas neuróticas que también llama “formas sintomáticas de la estructura trinitaria”.
4. J. Lacan, Televisión, París, Seuil, 1974, p 36.
5. P. Bercherie insiste en este punto varias veces diciendo que los descubrimientos freudianos produjeron “la cristalización del trípode estructural neurosis-psicosis-perversión…» Histoire et structure du savoir psychiatrique. Emergences, p. 228. Y también “…la oposición conceptual neurosis-psicosis… es algo puramente freudiano». Géographie du champ psychanalytique, París, Navarin, 1988. Hay que recordar también que con el título Névrose, Psychose, Perversión, les Presses Universitaires de Francia ha reunido un cierto número de artículos de Freud.
6. J. Dor, Clinique Psychanalytique, Paris, Denoél, col. “Espace analytique», 1994.
7. Relato aquí un breve extracto de un “caso»: se trata de un “voyeur de veintidós años particularmente atormentado (sic) por la ausencia de pene en las mujeres» (p. 121); fabrica pequeños espejos que coloca en la punta de sus zapatos, lo cual le permite, cuando fija humildemente los ojos en el piso, ver bajo los vestidos de las damas. El analista -quizá el autor del libro, dice “yo»- quiere a su vez ensayar el astuto artefacto especular y, obviamente decepcionado por el resultado, le dice a 1 paciente que él -el paciente- cuenta mucho más de lo que ve. ¿Sorprendente, no?
8. Ch. Melman y M. Czermak.
9. J. D. Nasio.
10. N. del T. En francés la palabra glucose termina igual que psychose o nevrose, no así en español donde en el vocabulario químico, el sufijo toma la forma de «osa» y en el médico la forma de «osis».
11. Cf. Revista Litoral, Nro 20 y en particular el arteculo de M. M. de Brancion «Diálogo con el síntoma».
12. En el prefacio del excelente texto de W. Waiblinger. Vie, poésie et folie de Friedrich Hölderlin, París, EPEL, 1994, se puede leer una divertida, pero a la vez perturbadora observación que habría hecho un profesor de psiquiatría, Gilbert Ballet, acerca de ciertos enfermos: «¿Cómo pudimos pasar tanto tiempo cerca de ellos sin verlos?» En otras palabras, al menos esa es mi lectura, ¿cómo ver a un esquizofrénico, e incluso cómo ser un esquizofrénico, antes que la palabra sea inventada?
13. Le agradezco a J. Allouch haber señalado algo que yo había leído antes sin prestarle demasiada atención. M. M. Chatel también insiste en ese punto en su artículo «La passe» in L’apport freudien, París, Bordas, 1993.
14. «Ouverture de la section clinique», 1977 Ornicar?, Nro 9, París, Navarin, 1977.
