Publicado el 26 de agosto del 2014 por unoauno, taller del lectura en psicoanálisis.
Entrevista realizada a Philippe Sollers por Sophie Barrau; Lacan même, publicada por L’infini No. 78, Paris. Gallimard, primavera 2002, pp. 10-23. Traducción de Graciela Graham
(Hay una homofonía en el título: Lacan même: Lacan me ama. N. de unoauno, taller de lectura en psicoanálisis).
Traducida y publicada en Opacidades (revista de la École Lacanienne de Psychanalyse) No. 3, agosto 2004, pp 229-240. Buenos Aires, Argentina.
unoauno, taller de lectura en psicoanálisis, agradece a Juan Carlos Piegari, director de Opacidades, (revista de la École Lacanienne de Psychanalyse) la autorización de esta publicación, y se hace cargo de las modificaciones realizadas a la traducción y edición del texto aquí presente.
Philippe Sollers (1): La primera vez que vi a Lacan fue en 1965. Yo acababa de publicar un libro que se llama Drame, y fui a escuchar por curiosidad su seminario. Él me había dado señales; habíamos almorzado juntos y estaba persuadido de que yo estaba al corriente de lo que él mismo llamaba su «enseñanza», y que era sensible a ella. Ahora bien, no era para nada así. La primera vez que cenamos, él me pregunta cuál era mi proyecto de tesis. Evidentemente yo no hice una tesis. Para Lacan, cualquiera que existía en el lenguaje, era forzosamente un universitario.
Sophie Barrau: ¿Pensaba que usted era un “alumno»?
P.S.: Sí, hubo allí como un malentendido muy productivo desde el principio. Era una relación rara, interesante…
S.B.: ¿Ese malentendido inicial fue el hilo conductor de vuestra relación?
P.S.: El hilo conductor pasaba por una curiosidad recíproca. A mí, lo que me interesaba en Lacan, era su práctica. Nunca estuve en análisis, pero eso me interesaba mucho; me interesaba saber cómo funcionaba la relación que él establecía entre su práctica y su discurso. Y en ese momento seguí, durante años, con mucho interés, sus seminarios. Seminarios atípicos, puesto que finalmente estaban abiertos a quien quisiera ir, y donde no se obtenía ni un diploma ni ninguna aptitud particular. Era un lugar pre-izquierdista, si usted quiere, o post-izquierdista; en fin, algo que desentonaba completamente en la sociedad francesa…
S.B.: ¿Qué interés inmediato encontró usted en sus seminarios?
P.S.: Me contenté con estudiar su lógica y la manera en la que improvisaba, puesto que encontré que era un notable orador, es decir, un gran profesional de la improvisación.
S.B.: Sus detractores le reprochaban un poco eso, es decir, haber hecho
teatro…
P.S.: Pero ciertamente. Era un teatro de lo más interesante, el mejor que he visto, y de lejos. La respiración, el despiste, la digresión, la retoma, los suspiros, el hecho de volver sin cesar a lo que le interesaba; es el teatro más grande que yo haya visto, y eso no es peyorativo para mí. Tenía a la vez un costado cómico, patético, exasperante, quejumbroso. Todo eso era vívido: su cuerpo era interesante… Su elocución Televisión filmado por Benoít Jacquot, con plano fijo, discurso escrito y recitado, es la peor manera, según mi opinión, de abordar a Lacan. Había que tomarlo en sus vacilaciones, sus arrepentimientos, sus silencios, sus bramidos…
S.B.: ¿Cómo era cuando estaban solos?
P.S.: Cuando salía de su consultorio, luego de sus sesiones, hacia las 19 y 30 o 20 hs, íbamos enfrente a cenar, así rápidamente…
S.B.: ¿Al restaurante la Calèche?
P.S.: A la Calèche, eso es. Bebíamos champán rosado con el que me «regaba» gentilmente… Y, ahí, la conversación era libre, podía saltar de un tema al otro y era muy agradable. Creo que yo lo distendía.
S.B.: ¿No había finalmente algo entre ustedes que se iba por las ramas, que daba vueltas sin decirse? Usted dice que posiblemente a él le hubiera gustado que Ud. se «extendiera».
P.S.: Pienso que se preguntaba cómo se podía ser como yo, sin pasar por el análisis. Pienso que se lo preguntaba realmente, como se lo preguntó a propósito de Joyce u otros. Eso me parece muy natural, el ser como soy sin pasar por el análisis ni la universidad. ¿Cómo se puede ser un cuerpo plenamente activo, sin ser miembro de un cuerpo constituido? Era eso lo que le intrigaba de mí.
S.B.: Hay esa interpelación en el seminario Encore: «Sollers es como yo: es ilegible”.
P.S.: Ese «como yo» va, incluso, muy lejos. Es una apropiación. Yo no hubiera dicho jamás, «Lacan es como yo».
S.B.: ¿Qué hubiera dicho usted?
P.S.: Habría dicho: «Lacan es Lacan y me interesa». Puesto que pienso que la transferencia ha sido recíproca, para mi ventaja.
S.B.: ¿Para su ventaja? ¿Pero, y usted?
P.S.: Yo me libro gustoso a la transferencia cuando mi curiosidad está en juego. Y me desanudo naturalmente cuando mi curiosidad no está más en juego. (Se ríe)
S.B.: Lacan le ha escrito dos dedicatorias en sus libros.
P.S.: «En suma, no estamos tan solos», en los Escritos aparecidos en 1966. Es el comienzo de la partida. Eso quiere decir, «Usted está solo, yo estoy solo, pero no estamos tan solos». La segunda fue para Television y es más extraña: «Querido Sollers, que está ya irritado por eso». «Eso»: él habla de esa televisión, de la que tuvo ciertamente, la impresión lúcida de que no era más que eso.
S.B.: ¿Le interesan en sí mismas las obras de Lacan? ¿Su estilo, etc.?
P.S.: He releído los Escritos. Están anticuados, en tramos enteros, a causa del hecho que está sobrescrito con una suerte de embarazo (d’embarras) con respecto a la escritura.
S.B.: ¿Embarazo?
P.S.: Sí, sí; un embarazo real, una preciosidad.
S.B.: Por otro lado, ¿cómo definiría usted el adjetivo «lacaniano» empleado hoy en todos lados y para todo?
P.S.: Los lacanianos son gente intoxicada con el discurso de Lacan que no lo hacen tan bien como él. Igual que Marx ha dicho que no era marxista y Freud, que no era freudiano, Lacan no fue jamás lacaniano… «Lacaniano», eso muestra un interés del todo comprensible y, a veces, grotesco. Los lacanianos son incultos… (silencio). Lacaniano quiere decir inculto. Los marxistas y freudianos, también. Freud, Marx, Lacan, eran gente extremadamente cultivada (ríe).
S.B.: Se le ha reprochado su apariencia, su manera de ser, de moverse, de hablar… ¿Y usted?
P.S.: ¡Al contrario! ¡El hecho de suscitar tal fascinación, tal seducción, era un muy buen signo! ¡Cada uno a su estilo! (risa). Él tomó un lugar de afirmación considerable, por el hecho de tener ese cuerpo y de tener esa voz, y de comportarse de esa manera, como un tirano extremadamente desagradable por momentos o, si no, absolutamente encantador, gracioso. En resumen, tenía una presencia, como se dice, y los que tienen una presencia no me molestan. Al contrario.
S:B.: ¿Y sus conversaciones eran un diálogo?
P.S.: Sí, una charla recíproca. Era una de las personas más divertidas que yo haya encontrado
S.B.: ¿Por ejemplo?
P.S.: Él era parte de la gente que no hablan directamente. Había un juego de ajedrez inmediato en la conversación. Era una conversación entre sistemas lógicos, y eso es divertido. Lacan era todo, menos un progresista o un humanista. Era alguien que pensaba que el ser humano tiene verdaderamente, muy, muy malas intenciones. Pensaba cosas extremadamente duras al respecto. Un pesimismo transformado, a pesar de todo, en un «gai saber» («gaya ciencia»). Es sorprendente cómo se puede tener a la vez un pesimismo tan profundo, tan radical y tomarlo un poco en broma. Porque él era gracioso.
S.B.: ¿Por ejemplo?
P.S.: Era en la actitud; hay juegos de palabras de Lacan. «Los zapatos chicos» (les petits souliers), para hablar de los analistas. En fin, cosas como ésas. Son cosas graciosas. Señalaba el Panteón, levantaba el brazo y decía: «enfrente la vide-po-che (2) Es bastante lindo, es divertido. Los féretros que están allí, «es un vi-de-poche«… O incluso el hecho de publicar, con un juego de palabras, Poubellication.(3) Es bastante bello…
S.B.: ¿Qué más?
P.S.: Escucho su voz de cuando en cuando, suspirante.
S.B. ¿Y a qué correspondían esos suspiros?
P.S.: Al hecho de estar fatigado por una jornada agotadora, de haber escuchado siempre las mismas cosas, siempre las mismas tonterías o los mismos delirios. Usted sabe, una jornada con diez histéricas, quince neurosis obsesivas, (ríe) y cuatro perversos, ¡¡más tres psicóticos potenciales!! Lacan era alguien que vivía entre los enfermos todo el tiempo. El análisis… La gente que hace un análisis, no lo hace porque andan bien. Incluso si el analista no interviene y se queda callado, debe pagar con su cuerpo cuando alguien está arrastrándolo en sus sueños o sus delirios…
S.B.: Cuando ustedes se encontraron, Tel Quel, la revista de la que usted se ocupaba con algunos camaradas, ya existía.
P.S.: Si; en el ’65, Tel Quel existía desde hacía cinco años, Lacan se dijo «Está ese tipo que hace una revista con gente, un montón de gente…” Lacan estaba al margen… Foucault no estaba en el Collége de France, Barthes tampoco. Derrida no era conocido, etc. Bueno, lo que le interesaba era el surgimiento de una publicación rara, porque estaba hecha por gente que no estaba en la institución, y que había decidido servirse de un cierto numero de personas expulsadas por esas mismas instituciones, para atacar dichas instituciones. Y allí tomarlas desde el interior… Es una forma de entrismo, que hemos practicado en altas dosis.
S.B.: ¿Qué es lo que le interesaba en Lacan?
P.S.: Su profunda cultura teológica. Se podía hablar de San Agustín, que no es corriente.
S.B.: ¿En qué momento se frecuentaron ustedes, realmente, durante ese período?
P.S.: En los años 70. Recuerdo el período en que Lacan fue echado de la École Normal Supérieur por la gendarmería y los CRS. Con algunos, ocupamos el despacho del director de la Escuela. Manifestamos nuestra reprobación. Lo he visto a menudo en los días que siguieron, porque todo el mundo lo había dejado caer. Me encontré en ese momento con una situación completamente divertida: todo el mundo le daba vuelta la espalda, y él precisaba sacar artículos en la prensa. Así, almorzamos juntos un día en el comedor del Express, con la Sra. Françoise Giroud, que nos recibió muy amablemente y que hizo hacer un artículo… Estuvimos prendidos al teléfono para tratar de sacar un artículo en Le Monde o en otro lado. Todo el mundo era muy hostil con Lacan; era el restablecimiento del orden. Había también una cuestión política. Gran parte de los movimientos subversivos salieron, como por azar, de la École Normal Supérior. Y Lacan era tomado de alguna manera como responsable, teniendo en cuenta sus improvisaciones que podían pasar como llamados a la insurrección. Entonces lo echaron.
S.B.: ¿En ese momento, qué Lacan descubrió?
P.S.: Era alguien encantador. Íbamos a almorzar, tratábamos de llamar a los periodistas, tratábamos de arreglar las cosas. Debe haber pensado que yo era muy gentil (ríe). Lo que es verdad, ¿no?
S.B.: Hay tres o cuatro citas de Lacan que a usted le gusta mencionar en el artículo que le consagró, «La mujer no existe».
P.S.: Sí, es algo que ha producido mucha conmoción en el público. Un día, él dijo eso: «La mujer no existe». Es una fórmula mayor. Es del mismo orden que la fórmula «¿Qué quiere una histérica?» «Un amo sobre el cual ella reine». Cuando él dice «La mujer no existe», el acento está puesto sobre el «la». Es del mismo orden que «una mujer no es toda», o que «nada (no) es todo» (rien n’est tout)…
S.B.: La incompletud…
P.S.: La incompletud, eso es, y es para hacer llegar lejos la musiquita de la castración. En su momento, esta fórmula produjo un sobresalto histérico tanto en las mujeres como en los hombres. Es, en efecto, de golpe, una suerte de blasfemia anti-religiosa, si se mira de cerca la cuestión. Pero es una cuestión de buen sentido analítico, por poco que se lo comprenda, a mí eso me parece evidente.
S.B.: ¿Lacan figura en su novela Femmes, aparecida en el 81?
P.S.: Lacan es un personaje de Femmes. Si he escrito ese libro, no es sin relación con Lacan. Hice su retrato en ese libro, bajo el nombre de Fals.
S.B.: ¿Por qué llamar al personaje de Lacan “Fals«?
P.S.: Fals indica una dimensión un poco diabólica, si usted quiere, «Falssss»: usted escucha «falsificación», ¿no?. Posibilidad de falso. Posibilidad de (lo) falso que dice verdad.
S.B.: Otra cita de Lacan que a usted le gusta es: «no hay relación sexual».
P.S.: «No hay relación sexual» no quiere decir que no haya constantemente actos sexuales. Es simplemente que no hay relación matemática. La fórmula que prefiero de Lacan es finalmente: » se es heterosexual cuando se ama a las mujeres, sea uno hombre o mujer».
S.B.: ¿Quiere agregar algo más sobre la heterosexualidad?
P.S.: Creo ubicarme para la observación clínica con un coeficiente extremadamente débil de homosexualidad. Es lo que por otro lado me distingue.
S.B.: ¿Lo distingue?
P.S.: ¡Ha! Sí, claramente: lo que me distingue de los hombres en general. No tengo una fuerte inclinación a lo colectivo…
S.B.: Otra cita de Lacan que usted anota en vuestro artículo: «Dios es inconsciente».
P.S.: Eso también, está muy bien. Sí. Eso plantea la pregunta del pseudoateísmo.
S.B.: ¿Pseudoateísmo de Lacan?
P.S.: No, de todo el mundo. Para ser ateo, y entonces volverse inanalizable, es necesario hacer, realmente, mucha teología. Si usted dice «ateo» sin saber de qué está hecha la hipótesis llamada divina… El ateísmo debe ser tomado en serio, pero no es evidente que eso exista. No conozco un ateo consecuente. Y «Dios es inconsciente» está bien planteado; no se ve por qué Dios estaría dotado de una conciencia en el sentido humano del término, es decir, de una representación. No. O, más exactamente, si usted quiere, tenemos como bello, hacer todo lo que queremos a propósito de Dios, debe subsistir algo en el inconsciente que sería una hipótesis divina. O, si usted prefiere aun, como él lo ha dicho de manera muy fuerte, un poco a la Heidegger: «En tanto haya decir, la hipótesis Dios será planteada». En tanto que haya decir.
S.B.: ¿Por qué insiste sobre el «decir»?
P.S.: Si uno se vuelve cada vez más y más familiar a los problemas del lenguaje en un sentido muy amplio, la hipótesis de Dios, que es el decir, él mismo se plantea. No se está obligado a responder positivamente, pero, en fin, la hipótesis está allí. Será extraño ocuparse del lenguaje sin encontrar esta hipótesis que concierne en general a las obras monumentales del pasado…
S.B.: El parlêtre: a usted le gusta esta expresión de Lacan. «El lenguaje es cuerpo». ¿Los seminarios de Lacan eran eso, según usted?
P.S.: Era eso. Y el psicoanálisis en general es eso. El parlêtre es bello, está bien visto, es Heidegger en Lacan.
S.B.: ¿Lacan: poeta?
P.S.: No, él no tenía oreja para la poesía. Una suerte… de ineptitud. Eso es muy asombroso, y es algo que se puede señalar al pasar. Es siempre la cuestión del arte, de la poesía.
S.B.: Pero me parece que usted ha escrito lo contrario, que finalmente Lacan
era un poeta.
P.S.: No, seguramente no. O, en tal caso, un poeta en el sentido romántico de la palabra, con una suerte de poetización extrema de la existencia, porque su vida era muy apasionante.
S.B.: ¿Según usted, no había una poesía, una estética del lenguaje en sus
escritos?
P.S.: Era su ambición. Esa ambición ha culminado en un aprieto, una suerte, a veces, de jeringoza.
S.B.: ¿Usted quiere decir que Lacan era laborioso?
P.S.: Él hubiera querido tener esa especie de don sublime para tener una relación cómoda con el lenguaje.
S.B.: Él tenia, sin embargo, una cierta relación para hablar del «lenguajecuerpo», etc.
P.S.: Ciertamente, era su tema. Es muy bella la gente que se esfuerza hacia eso que siente como esencial. Eso no quiere decir que lo alcancen, pero es muy bello que hagan el esfuerzo.
S.B.: Pero usted es muy condescendiente cuando habla de Lacan así…
P.S.: Pero sí… Sé de qué hablo. Verdaderamente creo que vale más ser un gran escritor, que Lacan.
S.B.: ¿Por qué?
P.S.: Porque pienso que siempre vale más ser un gran artista, antes que un transeúnte del pensamiento, por magistral que sea.
S.B.: ¿Por qué tituló su artículo de Le Monde del 13 de abril de 2001, Pasión de Lacan?

P.S.: Porque fue alguien que ha vivido, en efecto una suerte de pasión. Él estaba absolutamente apasionado por su asunto. En principio, estaba en guerra permanente, contra la internacional psicoanalítica, contra los psicoanalistas, contra los filósofos, contra los universitarios, o los antropólogos, etc., como Levy Strauss, porque Levy Strauss no ha comprendido jamás nada de psicoanálisis, es lo menos que se puede decir. Como nadie, por otro lado, comprende, verdaderamente, lo que Freud ha dicho de fundamental. Foucault estaba sentado a mi lado en un seminario famoso donde Lacan trataba de demostrarle que él no había visto lo que había que ver en las Meninas de Velásquez, es decir, la hendidura de la Infanta. Eran, evidentemente, relaciones de fuerza… Estaba en guerra con todo el mundo, con su entorno, con sus discípulos, con los miembros de su escuela. «Solo como lo he estado siempre», recuerde usted esta fórmula: «Solo como lo he estado siempre»… ¡Ahí está! «No se está, en suma, tan solo, haciendo apariencia de ser fundador de una escuela, de una enseñanza. Es la paradoja. Es la contradicción que es interesante. Muy solo…
S.B.: ¿Conoció usted a Picasso?
P.S.: No, y es una de las cosas que más lamento, por otra parte…
S.B.: ¿Y a Dora Maar que ha estado en análisis con Lacan, la conoció?
P.S.: No. pero lo que conocí bien, es la cuestión Sylvia. Es evidente que el nombre Bataille era un problema considerable en la región Lacan. Considerable. Y que la misma Laurence Bataille sufrió las consecuencias. Cené una sola vez con Laurence Bataille. Le hablé de mi admiración sincera y sostenida por su padre, por su genitor… a quien ella se parecía mucho. Ella me interrumpió diciendo: «Escuche, ¡no! Cuando se escriben ciertas cosas, se debería pensar en su progenie», etc. Y he aquí, las familias. Por lo tanto, el nombre de Bataille ha estado censurado. Lo que no quiere decir que no continuó existiendo como dirección, etc. Es algo que hubiera debido ser estudiado desde hace tiempo, y que deja absolutamente estupefacto: el rol del nombre… Bataille en la… región. La región, son también las hermanas de Sylvia. Todo eso no fue estudiado por tabú. Eso me parece muy importante. ¿Por qué Bataille ha sido el nombre caído de esa constitución familiar, con una hostilidad considerable de las mujeres, seguramente? Habrá vuelto a las mujeres incasables… Está muy mal visto ser Bataille para las matriarcas de la región, ¿no?, muy, muy mal visto. Muy mala reputación. Y para Picasso es la misma cosa. Picasso y el Minotauro debían tener muy mala reputación también… una vida que no es deseable. Demasiada libertad.
S.B.: ¿De hecho, usted y Lacan no tenían verdaderamente los mismos intereses culturales?
P.S.: Lacan no hablaba jamás, cuando nos encontrábamos, de cosas que me interesen. Por lo tanto, Picasso… Joyce… no estaba en eso… Era un hombre viejo.
S.B.: ¿Lacan, un hombre viejo?
P.S.: Un día lo enojé porque le dije: «En el fondo, usted es un burgués de preguerra». Él tenía dolor de ver lo que había pasado en el siglo XX. Si no se sabe lo que es la cultura del siglo XX, si se decide que no ha existido, uno puede encerrarse con Lacan, pero en fin…
S.B.: ¿Él decidió que esa cultura del siglo XX no existió?
P.S.: No estaba al corriente. Su formación de analista fue en los 40. Freud… Freud es ya mucho… en la ignorancia general, es mucho, está muy bien Freud. La intención que yo tenía con Lacan era hacerlo pasar de Gide a Joyce: ve usted, hay un abismo.
S.B.: ¿Y no lo logró?
P.S.: Creo que él no comprendió, no…
S.B.: Usted trató de llevarlo a China, y no llegó a hacerlo. ¿Por qué?
P.S.: No lo conseguí. Porque hubo un problema de protocolo. Él estaba enojado por ver que yo era de alguna manera el jefe de la delegación. Se consideró como estando bajo… mis órdenes. De todas maneras, yo hice mucho. Hice enviar un auto oficial de la embajada de China al 5 de la Rue de Lille, y pienso que él ha debido sentirse molesto, porque un chino debió decirle (imita el acento chino): «Entonces, ¿es usted un veterano de Tel Quel?» Y, además, quería llevar a una de sus alumnas, como decía, de la que parecía no poder prescindir. En aquel momento era muy difícil obtener pasaportes… Yo no llevo a las amantes. Sí llevo a mi mujer, eso va de suyo, pero aparte de eso, no. Había otro participante que quería llevar a su amigo del que no se había separado ni una sola noche desde hacía años; pero en fin, bueno, no se podía. Lacan anuló su participación a último momento.
S.B.: ¿Frecuentó los seminarios de Lacan hasta el fin de su vida?
P.S.: El asunto chino, el hecho de que hubiera preferido no vivir esa aventura, que era, sin embargo, extraordinariamente interesante, enfrió un poco nuestras relaciones. Entonces, en el 75, por ahí. Él murió en el 81. En los últimos años, fui de todas maneras una vez al seminario. Él casi no hablaba, estaba verdaderamente… muy silencioso. Bueno, al final, no lo he seguido porque encontraba que eso se volvía bastante penoso. No lo vi más. Recuerdo un seminario más cerrado una tarde, donde Lacan estaba allí aburriéndose, un poco como un viejo rey fatigado. Esos últimos seminarios eran muy silenciosos y muy penosos. Pero, sin embargo, continuaba existiendo tal frenesí transferencial alrededor suyo… Nunca entré en eso. Tengo horror de los agrupamientos religiosos alrededor del morir.
S.B.: Usted ha estado muy enganchado a sus seminarios…
P.S.: Es verdaderamente el único lugar donde tuve la impresión de que alguien tomaba riesgos reales al hablar, sea escuchándose hablar, sea prosiguiendo. Y, después, pensaba, simplemente. Es siempre interesante ver a alguien pensar. Se piensa poco, en general. O si no, la gente recita pensamientos, pero no es lo mismo.
S.B.: ¿Ustedes no han sido amigos verdaderamente. hablando con propiedad?
P.S.: Con Lacan he tenido una suerte de relación muy episódica y bastante intensa.
S.B.: Usted dice «relaciones muy intensas»…
P.S: Relaciones muy intensas porque no se podía hablar con él sin que haya inmediatamente un alcance, un sentido particular. Si usted tomaba la palabra con Lacan, inmediatamente eso que usted decía era escuchado de cierta manera. Y de repente, usted mismo oía, escuchaba lo que usted había dicho.
S.B.: Entonces la intensidad se situaba…
P.S.: …en el decir.
S.B.: ¿Cuál era su rol en esa relación?
P.S.: Lacan dijo un día «los sentimientos son siempre recíprocos», y creo que todo lo que acabo de decir de él es pertinente con relación a lo que él debía de sentir con respecto a mí.
S.B.: Lacan conocía íntimamente a Spinoza. Ahora bien, «La perfección, diría Spinoza, es la alegría…»
P.S.: Había llegado a una suerte de gai saber (gaya ciencia), que implica una cierta alegría. Pero no estoy seguro de que esa alegría no haya conocido un ensombrecimiento… extraño, hacia el fin. El ensombrecimiento… creo que hubo algo, quizá, que se quebró.
S. B.: ¿Qué otra cosa observó usted?
P.S.: Había en Lacan una extrema violencia. Una extrema violencia y un costado furioso, en el sentido del loco furioso, furibundo. Había algo del orden de la furia.
S.B.: ¿Qué buscaba finalmente Lacan… según usted… qué es lo que buscaba?
P.S.: (Reflexiona) El amor que no obtuvo.
S. B.: ¿Que no obtuvo?
P.S.: Él no ha sido amado.
S.B.: ¿Que no obtuvo cuándo?
P.S.: Jamás.
S.B.: ¿Usted está hablando de su vida, de su infancia?
P.S.: Sí, de todo. De su constitución. No fue amado. Había por qué volverse furioso. Pienso que eso lo atormentaba mucho. Creo que él habría querido un reconocimiento más amplio, la sumisión de la universidad, la realización de un sueño megalomaníaco, una voluntad de potencia generalizada, ser consagrado. Creo que tuvo ese sueño de omnipotencia.
S.B.: ¿Para tener el amor que, según usted, no habría obtenido jamás?
P.S.: Siempre tuve la impresión de que no había sido curado de una herida de amor. De una gran herida. Que eso no andaba.
B.S.: ¿Una o dos anécdotas para concluir?
P.S.: Esto pasó durante los años 70. Lacan ya no era muy joven. Estábamos en alguna parte en una reunión. Lacan sentado en el suelo. Yo sentado a su lado, y Sylvia, no lejos, charlaba. En un momento, él se quiere levantar. Usted va a ver, es muy revelador. Lacan quiere levantarse y trastabilla. Inmediatamente, yo lo ayudo para que pueda pararse… Y Sylvia me dice: «Pero déjelo, ya es grande»… (Silencio) ¿Tengo necesidad de hacer comentarios? No… «Es grande ya»: no vale la pena ayudarlo a caminar… ¡No se dice eso! No se dice eso buscando el acuerdo… buscando el sobreentendido erótico con alguien más joven. Es chocante. Voy a terminar con otra anécdota. Cuando llegaba a lo de Lacan un día, para mostrarle un texto de Georges Bataille, estaba Sylvia ahí,
que me dice (hace una voz liviana): «Ah, usted se interesa en Georges».
S.B.: ¿Y entonces?
P.S.: Para mí, Bataille no era «Georges» y Lacan no era un niño.
(1) Les petites souliers: expresión que se usa en francés para señalar algo molesto, doloroso, incómodo. (N de T.)
(2) Vide poche: bolsa que se usa para poner las cosas que van en los bolsillos.(N. de T.)
(3) Neologismo de Lacan utilizando dos palabras: publication (publicación) y poubelle (cesto donde se arroja la basura). (N de T.)
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