«La figura del psicoanalista no analizado» Segunda parte del artículo «Una contribución a la descripción de la súbita aparición en México de la figura del psicoanalista no analizado (sic). De Córdoba, Argentina (1966-1976) a la República Mexicana»

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Publicado el 18 de agosto del 2017 por unoauno, taller de lectura en psicoanálisis.

Miguel Felipe Sosa.

Nota de unoauno, taller de lectura en psicoanálisis.

Hoy presentamos la segunda parte del artículo de Miguel Felipe Sosa, donde se aborda una década (1966-1976) muy importante para el psicoanálisis lacaniano, tanto en México como en Córdoba, Argentina.

En una semana publicaremos la tercer parte de este artículo; mientras, si hubiera comentarios pueden realizarse directamente en este blog, o bien en el Facebook del autor: Miguel Sosa

unoauno, taller de lectura en psicoanálisis

Guadalajara, México. 2017

FREUD AL ALCANCE DE TODOS

El contexto del psicoanálisis en la Argentina de aquellos años –incluido el de Córdoba– se caracterizó por una excepcional expansión del mismo en un amplio sector de la población de las ciudades más importantes del país. La encuesta realizada por la revista Primera Plana en 1962, comentada por Jorge Balán, comprobó que la población consultada entonces distinguía al psicoanalista del psiquiatra y del psicólogo. Todavía no contamos con una explicación de este raro fenómeno argentino que ha incluido al psicoanálisis en la cultura general de sus habitantes. Sin embargo, vale la pena mencionar aquí un hallazgo de Hugo Vezzetti,28 a propósito de la divulgación de la obra de Freud en Argentina, entre 1935 y 1946, es decir, iniciada antes de la fundación de la Asociación Psicoanalítica Argentina, en 1942, y totalmente independiente de ésta y de los analistas que la fundaron, como un antecedente de esta peculiar popularización del psicoanálisis. Se trata de una aventura editorial llevada a cabo por Alberto Hidalgo, un escritor peruano residente entonces en Buenos Aires, que escribió una colección de diez volúmenes –Freud al alcance de todos– dedicados exactamente al inventor del psicoanálisis. Aquel autor “propiamente se inventó una identidad”29 –la del doctor Gómez Nerea– para que la editorial Tor tirara entre cinco y diez mil ejemplares de cada uno de los diez títulos, de los cuales, algunos de ellos se reeditaron hasta tres veces. La edición careció de los cuidados mínimos que le corresponderían a un proyecto de divulgación más o menos responsable. Es decir que un autor totalmente desconocido, cuyo nombre carecía del prestigio que podría llamar la atención de los lectores advertidos, logró presentar la obra de Freud a la clase media y a los sectores populares alejados de la tradición ilustrada de la sociedad argentina. Por lo tanto, el valor que la serie del doctor Gómez Nerea tuvo para sus numerosos lectores se encontraba exclusivamente en su contenido.

Vezzetti observa que en ese sector de la sociedad, a mediados de la década de 1930, se había constituido un “público reformado” curioso respecto al cruce del amor sexual y la ciencia. Y ahí “el psicoanálisis aparece, ante todo, como la más alta expresión de una ciencia de la sexualidad”.30 Ahora bien, “el marco del encuentro [del divulgador de marras] con Freud no se sitúa, como en el caso de la recepción de izquierda, en relación con los problemas públicos de la política y la sociedad sino, más bien, en la dimensión ‘íntima’ de la sexualidad como un espacio que debe ser liberado”.31 Siempre de acuerdo con Vezzetti, “en principio, Hidalgo se presenta como el más consecuente expositor de una lectura del freudismo como teoría de la sexualidad, y como práctica de su ‘tratamiento’. No sólo no le preocupa la acusación de ‘pansexualista’, sino que, por el contrario, hace de esa referencia central la clave de lectura de la obra”.32 Sucede que Alberto Hidalgo era partidario de la liberación de la moral sexual desde antes de la publicación de Freud al alcance de todos.

Su concepción de la sexualidad es naturalista, afirmada en el cuerpo y marcadamente fálica. […] Ese naturalismo lo distancia de cualquier relación con el “jungismo” o versiones espiritualizadas de Freud […]. Tampoco el “adlerismo”, que se despliega en esos años como una acentuación de la voluntad individual, juega algún papel en el particular acercamiento que Hidalgo hace al psicoanálisis.33

En resumen, el doctor Gómez Nerea presentó a los argentinos la obra de Freud, especialmente lo que concierne al lugar de la teoría sexual, alejada de los anatemas janetianos, junguianos o adlerianos34 que operaron en México en la misma época, por ejemplo, a través del adlerismo de Samuel Ramos y sus herederos. Éste sostuvo, terminantemente, que “toda concepción materialista que considere al hombre como a un ser puramente instintivo, explicando sus funciones psíquicas como efecto de necesidades biológicas, ya sean sexuales, alimenticias o de poder, son fuerzas que propenden hacia la infrahumanidad”.35 Es obvio que la recepción de Freud y el psicoanálisis, en México, resultó y continúa afectada por la posición de intelectuales como Samuel Ramos.

“FREUD Y LACAN” DE ALTHUSSER LLEGA
AL EQUIPO DEL CLÍNICAS

Para algunos militantes y simpatizantes del Partido Comunista, Louis Althusser levantó la interdicción que en ese ámbito pesaba sobre el psicoanálisis,36 cuando en su artículo “Freud y Lacan”37 propuso, de acuerdo con la epistemología marxista que elaboraba, una definición del psicoanálisis como teoría científica. Esta novedad parisina llegó a Córdoba, especialmente al grupo de médicos y psicólogos que mencionaré más abajo, algunos de ellos autores de Psicología: ideología y ciencia.38 Esta obra –con prólogo de Marie Langer– se inspiró en el artículo citado de Althusser, y en México le sirvió a sus autores como credencial de presentación que les permitió ingresar al mundo del psicoanálisis local a través de la institución que los acogió: el Círculo Psicoanalítico Mexicano, dirigido entonces por Armando Suárez.

f3Tres de estos autores, Néstor A. Braunstein, Marcelo Pasternac y Frida Saal,39 formaron parte del equipo de Psicopatología de la Cátedra de Patología Médica I, radicada en el Hospital Nacional de Clínicas de la ciudad de Córdoba. Era conocido como “el equipo del Clínicas”. En aquella época, la cátedra estaba a cargo de Ricardo Podio y la responsabilidad de la dirección del equipo recaía en Paulino Moscovich. Ambos eran médicos reconocidos por su solvencia en sus respectivas especialidades: la medicina interna y la psiquiatría.

El psiquiatra había sido discípulo de Gregorio Bermann (Buenos Aires, 1894-Córdoba, 1972), uno de los médicos destacados en la historia de la psiquiatría argentina. Por ejemplo, fue un lector de Freud en las décadas de 1920 y 1930. Incluso, el 26 de febrero de 193640 visitó a Freud en su consultorio, en Viena. Sin embargo, el interés de Bermann respecto al vienés correspondía a “un orden de generalidad inespecífico en la medida en que no producen una dirección de lectura y apropiación del discurso freudiano […]. En las iniciativas de Bermann se trata de impulsar una reforma modernizadora de la asistencia médica y psiquiátrica, a partir de la promoción de la cuestión de la psicoterapia”.41 Por ese motivo, la respuesta de Freud a su visita fue de somnolencia indiferente y, posteriormente, de silencio epistolar. De todos modos, este cordobés por adopción fue invitado a una reunión informal en 1940, en un café de Buenos Aires, en la que participaron los futuros fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Bermann no sólo no aceptó las reglas de la API,42 como la obligatoriedad del análisis didáctico, sino que en 1949 subordinó su posición respecto al descubrimiento freudiano a la del Partido Comunista Francés, que de acuerdo con Stalin había convertido al psicoanálisis en “ideología reaccionaria”.43 Los integrantes del equipo del Clínicas respetaron disciplinadamente la denigración estalinista del psicoanálisis abrazando la causa de la reflexología.

En este sentido, en 1964, Braunstein publicó en la revista cordobesa Pasado y presente, un artículo titulado “La reflexología vuelve a Pavlov”.44 El lector interesado encontrará en este escrito el desarrollo de un tema estrictamente reflexológico: la celebración de la publicación del libro de P. K. Anojin, La inhibición interna como problema de la fisiología –editado en 1963, en Buenos Aires, por Nuestro Tiempo–, como una renovación de la reflexología pavloviana.

En 1968, en el libro Elementos de psicopatología en la práctica médica, Moscovich, Braunstein, Pasternac, Saal –los últimos son tres de los cuatro autores de Psicología: ideología y ciencia– y otros escribieron a propósito del psicoanálisis:

En tanto que escuela psicológica, [el psicoanálisis] postula que la conducta es consecuencia, en última instancia, de la acción de fuerzas biológicas, los instintos, dotados de energía: la libido. Acepta la existencia de la conciencia, pero sostiene que ésta no es más que una parte reducida del “aparato psíquico”, en cuya estructura la parte fundamental es el inconsciente. […] Sigmund Freud, un médico austríaco, fue el creador de esta doctrina que puede ser criticada por introducir conceptos confusos e indemostrables para explicar los hechos psicológicos (por ejemplo, cuando se dice que el aislamiento social de los esquizofrénicos es el resultado de una retracción de la libido desde el mundo externo hacia el yo), por atribuir a la vida psíquica una “energía”, ignorando las diferencias entre los niveles físico-químicos y psicológicos, por considerar que el “psiquismo” es una “cosa” que tiene “partes” (yo, superyó, ello), por universalizar ciertos conceptos discutibles extraídos de la vida familiar de las clases acomodadas de Europa (complejo de Edipo, de castración, represión de la sexualidad, etcétera) y pretender que ellos son leyes psicológicas.45

Este párrafo muestra la posición del equipo del Clínicas en 1968 –por lo tanto, la de tres de los cuatro autores de Psicología: ideología y ciencia– respecto al psicoanálisis y a su fundador. Más que críticos, como se presentan, parecen detractores todavía orientados por el veto del Partido Comunista al psicoanálisis y no por una lectura de la obra freudiana. Es obvio que Freud definió el inconciente, no la conciencia.46 Por supuesto, nunca creó una “escuela psicológica” que elaborara postulados sobre la “conducta” ni propuso un “psiquismo” como una “cosa” formada por “partes”. También es evidente que en este párrafo todavía no existen huellas de la epistemología althusseriana que otorgaba al psicoanálisis la jerarquía de una ciencia.

En una publicación de noviembre de 1973, Braunstein y Pasternac publican un artículo titulado “Premisas ideológicas de la investigación psiquiátrica”.47 Los autores estudian los trabajos presentados en el Congreso Mundial de Psiquiatría realizado en México, en diciembre de 1971 y los artículos publicados en el American Journal of Psychiatry en junio de 1972. El objetivo, en sus propias palabras, es el siguiente: “El análisis practicado tiende a descubrir cuál es el encargo social que debe realizar la psiquiatría de hoy y cómo puede leerse ese encargo en su discurso”.48 El instrumento principal de trabajo –tal como es expuesto en las notas a pie de página– es el marxismo de acuerdo con Althusser y Marx, además de Canguilhem a propósito de lo normal y lo patológico. Como conclusión, los autores sostienen: “Observamos, en resumen, cómo las publicaciones psiquiátricas son sensibles a la demanda social y viran en sus intereses en función de la problemática dominante que en los Estados Unidos pasa a ser la respuesta, a través de los distintos aparatos estatales represivos e ideológicos (entre ellos, la psiquiatría), a los puntos de conflicto ejemplificados por el consumo de drogas, la rebelión juvenil y de las minorías étnicas, etcétera”.49 La demanda social determina que la medicina –por lo tanto, la psiquiatría– “actúa directamente sobre el mantenimiento y la reparación de la fuerza de trabajo (inserción en la instancia económica), ofrece criterios supuestamente científicos para delimitar categorías (sanos, enfermos, anormales, etcétera) con consecuencias inmediatas sobre la situación de los sujetos así calificados lo que constituye para nosotros, como habremos de ver, su inserción en la instancia ideológica en calidad de ‘aparato ideológico del Estado’ [referencia a Althusser] y, finalmente, se integra en la instancia jurídico-política al legitimar la exclusión y encierro de los individuos reputados como peligrosos”.50

Más que debatir, criticar y/o acordar con el contenido de este trabajo, llamo la atención sobre el hecho de que las referencias a Althusser conciernen al carácter ideológico de la psiquiatría. Pero aquí, en vez de invocar la cientificidad del psicoanálisis para corregir la falla de esta especialidad médica, los autores plantean la necesidad de

[…] una propuesta viable en psiquiatría. Pensamos en este sentido que no hay alternativa interior al sistema que no ubique al psiquiatra en la situación contradictoria del funcionario del sistema, que sirve aun sin desearlo a las necesidades reproductivas del mismo. […] Sostenemos asimismo que no hay alternativa exterior al sistema porque no hay nada exterior al sistema […]. Pensamos que no debemos dejarnos engañar por las apariencias de la rebeldía y reconocer abiertamente que todos estamos incluidos en esta contradicción y que lo que hacemos, determinados por el encargo social, es un elemento conflictual inserto en las necesidades ideológicas de este sistema productivo.51

En este contexto, en un trabajo anterior, los autores veían “en la psicoterapia la oportunidad de tomas de conciencia y de apertura a la posibilidad de elecciones conscientes y en ese sentido ‘libres’ que encuadraban y aportaban un alivio al sentido de los síntomas. Pero no nos ocultamos que esa es solo una posibilidad”.52 Es claro que la psicoterapia mencionada se refiere a la que practica un psiquiatra reflexólogo y, por lo tanto, carece de relación con el psicoanálisis. Los mismos autores afirman desde dónde escriben este trabajo:

Digámoslo sin ambages: somos psiquiatras que ejercemos nuestra profesión en el seno de una formación social dependiente, dominada por el modo de producción capitalista. Como tales somos integrantes del “aparato ideológico de la salud mental” del estado burgués. En el análisis de la situación en que nos coloca la demanda de cada uno de los seres sufrientes que nos requieren tropezamos con los límites que la estructura de la sociedad impone a nuestra acción. Esos límites constituyen una contradicción que permite evidenciar la existencia de un rol manifiesto: “curar al enfermo mental”, y un rol latente que consiste en acallar o excluir esa “justa protesta” que es la “enfermedad mental”, en adaptar a los individuos en beneficio de la estructura social y en ofrecer juicios de valor con apariencia científica que legitimen la dominación en el plano de la ideología de los sujetos.53

En un discurso como éste –de psiquiatras marxistas– la referencia al psicoanálisis no es necesaria. Debo aclarar que en Córdoba, en aquella época, la posición de estos autores y su ubicación en la psiquiatría –por lo tanto, no en el psicoanálisis– era ampliamente conocida. Cito este trabajo publicado en noviembre de 1973, a propósito de la recepción otorgada por el Círculo Psicoanalítico Mexicano y la editorial Siglo XXI a Néstor A. Braunstein y a Marcelo Pasternac, los autores principales de Psicología: ideología y ciencia, cuando llegaron a México en 1974 y 1975, respectivamente.

En el hemisferio sur el año lectivo, aproximadamente, comienza en marzo y finaliza en noviembre. Por lo tanto, los dos autores citados dictaron el curso de Psicología General de 1972, base del libro en cuestión, como psiquiatras marxistas ajenos a los problemas planteados por la práctica del psicoanálisis. Así se infiere de las fechas aisladas del trabajo publicado en Cuestionamos 2 (en noviembre de 1973). Por ejemplo, “en diciembre de 1972 las conclusiones de este trabajo fueron presentadas en el VII Congreso Latinoamericano de Psiquiatría (Punta del Este, Uruguay)”.54 En aquella fecha, el curso mencionado ya había concluido.

Por otra parte, según Rosa Beatriz López, una antigua integrante del equipo del Clínicas, “en el año 1975 se comienza a leer a Lacan, cuando la conducción del Equipo queda en manos de Marcelo Pasternac”.55 Antes de esa fecha leían “algunos autores que rodearon a Lacan”.56 Así, Braunstein y Saal llegaron a México en 1974, mientras que Pasternac llegó en diciembre de 1975. Según este testimonio, en la cátedra de Patología Médica leyeron a Lacan durante los meses que Pasternac permaneció en Córdoba, antes de trasladarse a México y, por lo tanto, dos años después de haber impartido los cursos que dieron lugar al libro althusseriano.

Juan de la Cruz Argañaraz aporta un dato importante: el equipo de Psicopatología del Clínicas no dejó huellas en la obra del profesor que los alojaba en la cátedra de Patología Médica. Este autor sostiene que en cuanto al titular de esa cátedra –Ricardo Podio– “en su libro Apuntes de Patología Médica (UNC, Facultad de Ciencias Médicas, 1974) no hay ningún capítulo de psicopatología, pero lo más sorprendente es que tampoco en el contenido médico hay alusión a lo psicológico, aún en aquellas enfermedades en que la medicina clásicamente señala lo psicológico como un factor relevante”.57

En una entrevista realizada en Buenos Aires, el 14 de noviembre de 2002, el mismo Pasternac reconoce plenamente la falta de formación analítica durante aquellos años. Uno de los entrevistadores, Guillermo Pietra, le pregunta: “¿Todavía no tenías una formación analítica?” El entrevistado responde: “No”. Pietra insiste, “¿Ni freudiana? ni…” Pasternac reitera: “No, […]”58 Hablaban de la experiencia de Pasternac en París en 1967 y de su época cordobesa posterior. Las respuestas fueron dichas con verdad, ya que entonces, el único camino para acceder a la posición de analista en Córdoba era aquel trazado por la Asociación Psicoanalítica Internacional: analizarse con un analista autorizado para conducir análisis didácticos, controlar casos también con un analista autorizado para ello, y estudiar en seminarios temas no sólo específicos del psicoanálisis. La vía abierta por Lacan en su seminario de 1967-1968 sobre el Acto analítico todavía no había llegado a nuestra provincia, lo mismo que la proposición sobre el AE del mismo año 1967. De cualquier manera, esta vía lacaniana nunca ha eximido a nadie del paso por un análisis.

ALGUNAS CRÍTICAS

Los dos cursos de Psicología General (1972 y 1973) que se convirtieron en el libro publicado en México, no dieron lugar a ningún debate con los psicoanalistas cordobeses. La autorización althusseriana para acercarse al psicoanálisis –su cientificidad– dirigida a militantes y simpatizantes del Partido Comunista carecía de interés para los que ingresábamos a él buscando alivio para nuestras angustias neuróticas, incluso para los que sosteníamos posiciones políticas más o menos izquierdistas. Sin embargo, los trabajos de Braunstein y Pasternac eran susceptibles a la crítica a causa de su inspiración en la obra de Althusser. Cualquier objeción dirigida a las posturas de éste alcanzaba indirectamente a las de aquellos. Sin embargo, el impacto de este autor en la intelectualidad de aquel periodo de la historia argentina no ha sido suficientemente analizado. Oscar Terán sostiene en Nuestros años sesentas que la influencia del comunista francés fue marginal respecto a la institucionalidad académica.59

No obstante, en el marco de la revista Los libros, una publicación dedicada a la crítica política de la cultura, aparecieron –por lo menos– dos objeciones dirigidas a la posición política de Althusser. La primera, de José Aricó,60 apunta a lo que podría afectar “profundamente al conjunto de sus elaboraciones [las althusserianas]”.61 Se trata de que el comunista francés “soslaya la […] relación fundamental entre filosofía y política”.62 Por lo tanto, Aricó concluye: “Es precisamente aquí, en las relaciones de la filosofía con la política donde aparece la mayor limitación de Althusser, donde mayores son sus lagunas y ‘espacios’ y más dogmático aparece su pensamiento. Quizás sean esos vacíos conceptuales los que lo impulsan a adherir tan acríticamente al accionar político del Partido Comunista Francés del cual es hoy su filósofo oficial”.63 Desde el marxismo, Aricó ubica la mayor limitación de este filósofo consagrado a la epistemología: teoriza dogmáticamente alejado de la práctica. El traslado de esta filosofía al psicoanálisis conserva intacta la misma limitación y provoca consecuencias calamitosas en la enseñanza y en la experiencia analítica.

De la segunda crítica, propuesta por Carlos Altamirano, tomo sólo un párrafo: “Podría examinarse cómo funcionó la tesis sobre la oposición entre ciencia e ideología (cualquier ciencia, cualquier ideología) que proporcionó razones ‘marxistas’ para que algunos pudieran titularse marxistas ‘desde el punto de vista teórico’ y practicar el más amplio oportunismo desde el punto de vista ideológico’ (y político, por supuesto)”.64 Basta remplazar marxista por psicoanalista para obtener una descripción del efecto de esa propuesta althusseriana en el caso que nos ocupa: podría examinarse cómo funcionó la tesis sobre la oposición entre ciencia e ideología (cualquier ciencia, cualquier ideología) que proporcionó razones “psicoanalíticas” para que algunos pudieran titularse psicoanalistas “desde el punto de vista teórico” y practicar el más amplio oportunismo.

OTRAS CRÍTICAS

Marie Langer, célebre disidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina y exiliada en México, escribió un prefacio breve, elogioso y agradecido al libro de los cordobeses.65 Por lo tanto, las críticas dirigidas al grupo de psicoanalistas argentinos que renunciaron a su asociación en 1972 –la vienesa se encontraba entre los más destacados dirigentes de Plataforma– nos permitirán reconstruir, aunque sea muy parcialmente, la temperatura de los debates intelectuales en aquellos años de intensificación de la lucha de clases en Argentina, especialmente en el terreno de la relación del psicoanálisis con la política de izquierda. Nos interesa este punto porque los cuatro autores de Psicología: ideología y ciencia afirmaron que dieron a editar su obra “en la creencia de que puede servir en las luchas ideológicas que tienen lugar en nuestras formaciones sociales dentro del campo específico de actividad en el que operamos”.66 Además, quiero llamar la atención sobre el hecho que, indirectamente, a causa del prólogo de Langer, freudomarxista y favorable a la posición althusseriana, las objeciones dirigidas a las posiciones políticas de los psicoanalistas que renunciaron a su institución –por lo tanto, a la manera que politizaban el psicoanálisis– alcanzaron a la posición que sostuvieron en su libro los autores de Psicología: ideología y ciencia.

José Bleger, militante comunista y psicoanalista de la APA, advirtió: “La actividad política, y más aún la lucha en las filas de la izquierda, significan un largo entrenamiento y una buena formación ideológica, teórica, táctica, política, etcétera, y esto no se improvisa con la buena voluntad”.67 Bleger sostiene que el deterioro económico del país en aquellos años, y la consiguiente afectación del elevado nivel económico de muchos psicoanalistas, hizo que “tomaran en cuenta, más o menos conscientemente, que las características de la Asociación Psicoanalítica (elitismo, profesionalismo, cierre frente a las necesidades de aperturas sociales), les planteaban las exigencias de una actividad política. Muchos lo descubrieron y muchos volvieron a retomar viejas inquietudes, pero de tal manera que no vieron otra salida que la inserción y la actividad política directa, renunciando al psicoanálisis. Esto conduce a un problema muy serio que toca al psicoanálisis y a la política del intelectual de izquierda”.68 Finalmente asevera: “Me temo que parte de los que renunciaron a la Asociación Psicoanalítica Argentina (y en rigor al psicoanálisis) en pro de la política, van a ser malos políticos, malos profesionales y malos intelectuales”.69 Por supuesto, la posición política de Bleger fue criticada a su vez desde el peronismo, el maoísmo y el trotskismo.

En la revista Los libros de marzo de 1972, Miriam Chorne70 y Juan Carlos Torre, desde el espacio de la cultura, escribieron un muy lúcido artículo crítico de la posición de los disidentes de la APA titulado freudianamente “El porvenir de una ilusión”. Los autores se preguntan y observan:

¿Cuáles son los contenidos de la nueva propuesta? Leyendo los testimonios personales y los documentos producidos una impresión se impone: la desnudez y el aislamiento de quienes se han excluido de un universo que ha existido clausurado sobre sí mismo. Los protagonistas de esta aventura han roto con una institución que había codificado meticulosamente la práctica analítica y transformado su aprendizaje y su ejercicio en un gesto administrativo. Al hacerlo han recuperado una capacidad de examen que había sido sustituida por un desempeño ritualista pero, al mismo tiempo, se han encontrado en posesión de inquietudes que no consiguen elaborar en interrogantes precisos. Renunciando a las respuestas canonizadas han debido hacerse cargo de un desafío, aunque para afrontarlo no tienen otras armas que las carencias del mundo que abandonan. De allí que si hay un eje principal en sus iniciativas éste no sea otro que una voluntad de complementación, que organiza la búsqueda de aportes teóricos y de contactos políticos por oposición a los aportes y los contactos desechados por la APA. Existe pues una dificultad para descentrarse y una ambigüedad metodológica que convierten al movimiento en parásito del vínculo que rompe y amenazan sus posibilidades de constituirse en una alternativa consistente.71

Estos mismos autores observan los programas de estudios ofrecidos por los psicoanalistas disidentes de APA por fuera de la institución que abandonaron. Critican el eclectisismo que parece animarlos y destacan

…la desoladora ingenuidad que [ese currículum] pone de manifiesto. Pretender abordar la revisión teórica de este modo es recaer en las ilusiones equivocadas que presidieron las crisis de otras disciplinas, y, como ellas, suscribir una estrategia de construcción del conocimiento que opera a través de la combinación en lugar de la ruptura, que cree en las bondades de la alquimia y eluden el desafío de una elaboración autónoma. El camino metodológico seguido –solidario, por otra parte, con un empirismo médico que resuelve los impasses conceptuales mediante un desplazamiento permanente del objeto– parece ser el síntoma de un desconcierto. La renuncia al dogma ha conducido a la puesta entre paréntesis del discurso psicoanalítico mismo.72

Chorne y Torre observan que los psicoanalistas que abandonaron la APA no han conseguido elaborar interrogantes precisas en el ámbito del psicoanálisis y en el de la política, no tienen otras armas para ingresar a la lucha hacia la construcción de “una patria socialista” que entonces se desarrollaba en Argentina que las carencias del mundo que abandonan, además, se destaca una ingenuidad desoladora en sus proyectos de enseñanza, pues eluden el desafío de una elaboración autónoma mientras que el discurso psicoanalítico queda entre paréntesis. Desde posiciones muy distintas, estos dos autores coinciden en las cuestiones fundamentales con las críticas de Bleger.

Por su parte, Vezzetti sostiene que Marie Langer, la autora del prólogo de Psicología: ideología y ciencia, “[…] no era althusseriana (y en verdad no tenía una formación marxista sino una adscripción genérica a la cultura comunista)”. Respecto a los disidentes de la APA, Vezzetti recuerda que

[…] la suerte de la entidad psicoanalítica pasaba a ser secundaria frente al compromiso político. En la medida en que la dirección fundamental del movimiento se orientaba hacia fuera, hacia un escenario de luchas en la sociedad, los pronunciamientos no se planteaban la necesidad de un debate sobre las funciones más específicas de una institución psicoanalítica, a partir, no de las características de la organización que venían de abandonar, sino de los términos en los cuales el propio Freud había establecido el problema.73

Además, insiste Vezzetti, “en cuanto a la obra misma y los conceptos [de Freud], cuando Langer buscaba las marcas revolucionarias del psicoanálisis, las referencias no salían del marco freudiano sino del marxista, o bien de Althusser, o del freudomarxismo reichiano, aun cuando confesaba que leyó a Reich recién en el tiempo de la ruptura”.74 En consonancia con esta observación, la misma Langer afirma: “No es fácil estudiar a Althusser. Él escribió Para leer ‘El capital’ y nosotros, viejos y jóvenes psicoanalistas, hubiésemos necesitado muchas veces de una guía Para leer a Althusser”.75 Para los psicoanalistas de la APA que descubrieron los efectos políticos de la insurrección obrero-estudiantil conocida como “el Cordobazo”, en mayo de 1969, el entusiasmo por la militancia –Sciarretta sintetizó la descripción de la postura de un sector del grupo Plataforma como “ideología infantil de izquierda”–76 predominó sobre la necesidad de fijar posiciones claras y, especialmente, sobre el cuestionamiento del relegado psicoanálisis. Por ejemplo, la misma Langer defiende la función del encuadre en la cura.77 Sólo le dirige objeciones de naturaleza ideológica a la exigencia de neutralidad que aleja al analista de los conflictos sociales que lo rodean, pero –lo mismo que los otros disidentes de la APA– no cuestiona ni interroga algo primordial: el fundamento de las acciones del analista, y conservan intacta la visión defendida por la institución que abandonaron. Por lo tanto, más allá del respeto que su persona siempre inspiró, la posición de Langer en el psicoanálisis y en la política, después de la ruptura con la APA, no era tan sólida como para otorgar una legitimidad incuestionable a lo que llevara su firma, como el breve prólogo que escribió a Psicología: ideología y ciencia.

Finalmente, para concluir esta breve presentación del contexto que alojó el inédito conflicto de un grupo de analistas con la Asociación Psicoanalítica Argentina –por lo tanto con la Asociación Internacional–, voy a mencionar otra crítica –también incluida en el mismo número citado de la revista Los libros– dirigida especialmente a los textos publicados por Langer en Cuestionamos. Se trata de “Cuestionamos, las aventuras del bien social” de Germán Leopoldo García. Éste participó en la fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires junto con Oscar Masotta y otros, el 28 de junio de 1974.78 García apareció en la escena pública argentina cuando la circulación de su primera novela, Nanina, fue interrumpida judicialmente, acusada de obscenidad, en 1968, durante la dictadura del general Onganía. Desde el psicoanálisis, García llama la atención sobre la fragilidad teórica y la superficialidad política de los psicoanalistas que sostienen “la identidad profunda de ciencia y revolución”. Sin oponer el psicoanálisis a la revolución, defiende la especificidad de aquel que lo hace reacio a articularse con el marxismo. El autor se pregunta: “¿Y si el psicoanálisis no tuviese ningún bien que ofrecer a esta u otra sociedad?” Además, “desde que la palabra ‘pan’ no da de comer, las declaraciones no pueden sustituir a las prácticas”. Por lo tanto, “hay que plantear […] la articulación ante la práctica y la teoría analítica y la práctica y la teoría política específica a la que se quiere acceder. La posición voluntarista usa de un problema para reprimir al otro: no basta invertir la ideología de la neutralidad –por ejemplo– para obtener una ciencia del compromiso”. García concluye que “en Cuestionamos se desconoce la problemática psicoanalítica evocando lo social contra lo individual”. Así, “hay un desplazamiento voluntarista a lo político, lo que no servirá seguramente para convencer a un melancólico de las alegres virtudes de una sociedad mejor”.79 En efecto, las particularidades del psicoanálisis habían pasado a un plano más que secundario a causa de las urgencias de militancia revolucionaria que animaba a estos analistas.

28 Hugo Vezzetti, Aventuras de Freud en el país de los argentinos. De José Ingenieros a Enrique Pichon-Rivière, Buenos Aires, Paidós, 1996. Véase el capítulo 4, “Alberto Hidalgo, divulgador de Freud”, pp. 183-244.

29 Ibid., p. 191.

30 Ibid., p. 184.

31 Ibid., p. 215.

32 Ibid., p. 219.

33 Ibid., pp. 219-220.

34 Véase supra los capítulos escritos por Alfredo Valencia y Andrés Ríos.

35 Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México, México, Espasa Calpe, 1993, p. 17. (Las cursivas son mías.)

36 Véase infra, pp. 107-108.

37 Louis Althusser, “Freud y Lacan”, en Escritos sobre psicoanálisis. Freud y Lacan, México, Siglo XXI, 2010, pp. 25-47. Publicado originalmente en la revista Nouvelle Critique, núms. 161-162, diciembre 1964-enero 1965.

38 Néstor A. Braunstein, Marcelo Pasternac, Gloria Benedito, Frida Saal, Psicología: ideología y ciencia, México, Siglo XXI, 1975.

39 Ignoro si la otra autora de la obra citada, Gloria Benedito, formó parte o no del mencionado equipo.

40 H. Vezzetti, op. cit., p. 142, n. 16.

41 Ibid., p. 146.

42 J. Balán, op. cit., p. 71.

43 Véase “La psychanalyse, idéologie réactionnaire”, en Jacques-Alain Miller, “La scission de 1953”, suplemento al número 7 de Ornicar?, 1976, pp. 17-28. Publicado originalmente en Nouvelle Critique, núm. 7, junio de 1949, pp. 52-73.

44 N. A. Braunstein, “La reflexología vuelve a Pavlov”, en Pasado y Presente, núms. 5-6, 1964, pp. 100-107 (primera época). Edición facsimilar, véase Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2014, tomo 1, pp. 510-517.

45 En Elementos de psicopatología en la práctica médica, Prof. Dr. Ricardo Podio, UNC-Cátedra de Patología Médica I. Equipo de Psicopatología, Editorial Universitaria de Córdoba, 1968. Esta obra ha sido elaborada por el equipo de Psicopatología de la Cátedra de Patología Médica I, doctora Silvia Bohoslavsky, doctor Néstor Braunstein, licenciada Ángela Cardella, doctor Guillermo Izaguirre, doctor Hugo Mayer, Prof. doctor Paulino Moscovich, doctor Marcelo Pasternac, doctor Arturo C. Roldán, licenciada Frida Saal, licenciada Susana Vainer Frank, pp. 26-27.

46 Ver infra, en el capítulo citado de Guadalupe Trejo, el apartado II, “Psicoanálisis de la conciencia: un contrasentido”.

47 N. A. Braunstein y M. Pasternac, “Premisas ideológicas de la investigación psiquiátrica”, en Marie Langer (comp.), Cuestionamos 2, Buenos Aires, Granica, 1973, pp. 139-179. Agradezco a Martha Saslavsky el préstamo de los dos volúmenes de esta publicación.

48 Ibid., p. 144.

49 Ibid., p. 146.

50 Ibid., p. 140. La frase entre comillas “aparato ideológico del Estado” remite en nota 1 del original a “Louis Althusser, Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Notas para una investigación, Buenos Aires, Fichas de Nueva Visión, núm. 116 (traducido de La Pensée, núm. 151, París, junio de 1970)”.

51 Ibid., pp. 172-173. (Las cursivas son de los autores.)

52 Ibid., p. 173.

53 Ibid., p. 169. Aquí y en la nota anterior los autores remiten a: “Pasternac, M., Braunstein, N. y Moscovich, P.: “Criterios de salud y objetivos de la psicoterapia”. Revista de Psicología Dialéctica, México, 1, Nº 3, 29-35, mayo-agosto 1972. También publicado en Revista de Psicología Concreta, Buenos Aires, Nº 4, 1972”.

54 Ibid., p. 168.

55 Rosa Beatriz López, La discordancia del psicoanálisis y su transmisión, Córdoba, Argentina, Alción, 2012, p. 152.

56 Idem.

57 Juan de la Cruz Argañaraz, El freudismo reformista 1926-1976En la literatura y la medicina, la política y la psicología, Córdoba, Argentina, Brujas, 2007, p. 186.

58 Norma Ferrari, Guillermo Pietra y Michel Sauval, “Reportaje a Marcelo Pasternac”, en Acheronta, núm. 16, diciembre de 2002, en www.acheronta.org/pasternac16.htm

59 Oscar Terán, Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual argentina, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013, p. 161.

60 José Aricó, “El marxismo antihumanista”, en Los libros, núm. 4, 1969, pp. 20-22. En edición facsimilar, tomo i, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2011, pp. 142-144.

61 Ibid., p. 22. (p. 144).

62 Idem.

63 Idem.

64 Carlos Altamirano, “El último Althusser”, en Los libros, núm. 36, 1974, p. 26. En edición facsimilar, tomo IV, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2011, p. 122.

65 N. A. Braunstein et al., op. cit., pp. XI-XIII.

66 Ibid, p. 1. Prólogo fechado en Córdoba, diciembre de 1974.

67 José Bleger, “La Asociación Psicoanalítica Argentina, el psicoanálisis y los psicoanalistas”, en Revista de Psicoanálisis, t. XXX, núm. 2, 1973, p. 522.

68 Ibid., p. 525.

69 Ibid., p. 527.

70 Miriam Chorne, Juan Carlos Torre y Germán García eran miembros del consejo de dirección de la revista Los libros. Presentaron sus críticas en el mismo número en el que publicaron también documentos de los dos grupos de analistas disidentes.

71 Miriam Chorne y Juan Carlos Torre, “El porvenir de una ilusión”, en Los libros, núm. 25, 1972, p. 3. En edición facsimilar, tomo I, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2011, p. 75.

72 Ibid., p. 4. (p. 76).

73 H. Vezzetti, “Psicoanálisis y revolución: vieja y nueva izquierda en las fracturas del psicoanálisis en los setenta”, en Política y violencia. Lucha Armada en la Argentina, Buenos Aires, Ejercitar la memoria editores, 2011. Agradezco al autor el envío de una copia de este trabajo.

74 Idem. El autor remite a Marie Langer, “Prólogo”, en Cuestionamos, Buenos Aires, Granica, 1971, pp. 15-17.

75 N. A. Braunstein, et al, op. cit., p. XII.

76 Citado en H. Vezzetti, “Psicoanálisis y revolución: vieja y nueva izquierda en las fracturas del psicoanálisis en los setenta”, en op cit. El autor remite a la renuncia de Raúl Sciarretta al grupo Plataforma en carta pública del 14 de diciembre de 1971, conservada en su archivo.

77 Marie Langer, Jaime del Palacio, Enrique Guinsberg, Memoria, historia y diálogo psicoanalítico, México, Folios, 1981, pp. 183-190.

78 Véase “Fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires”, en Cuadernos Sigmund Freud, núm. 4, 1975, p. 13.

79 Germán Leopoldo García, “Cuestionamos, las aventuras del bien social”, en Los libros, núm. 25, 1972, pp. 12-13. En edición facsimilar, tomo I, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, 2011, pp. 84-85