La separación entre teoría psicoanalítica y práctica clínica. Tercera parte del artículo «Una contribución a la descripción de la súbita aparición en México de la figura del ‘psicoanalista no analizado’ (sic). De Córdoba, Argentina (1966-1976) a la República Mexicana.»

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Publicado el 25 de agosto del 2017 por unoauno, taller de lectura en psicoanálisis.

Miguel Felipe Sosa

Nota de unoauno, taller de lectura en psicoanálisis

Con esta tercera entrega concluimos la publicación del artículo de Miguel Felipe Sosa, «Una contribución a la descripción de la súbita aparición en México de la figura del ‘psicoanalista no analizado’ (sic). De Córdoba, Argentina (1966-1976) a la República Mexicana.» Para aquellos que no se hayan enterado de las dos primeras partes, pueden encontrarlas aquí mismo. Agradecemos a Miguel Sosa su autorización para la publicación de su importante artículo en este blog, en donde pueden hacer sus comentarios, o hacerlos llegar directamente al autor en su Facebook: Miguel Sosa

LA RECEPCIÓN EN MÉXICO

En México, Psicología: ideología y ciencia lleva cerca de veinte reediciones que han hecho circular varias decenas de miles de ejemplares entre estudiantes de psicología y el público en general. Pasternac cuenta, en un artículo autocrítico publicado en la revista Artefacto, que él sostuvo “al llegar a mi exilio mexicano, el 25 de diciembre de 1975, ante el asombro de los otros autores, que esos textos de Psicología: ideología y ciencia, publicados apenas seis meses antes habían ya envejecido (del lado del psicoanálisis) y, por incorrectos, deberían, ya para entonces, haber sido objeto de una reescritura”.80

Desde mi punto de vista, esos textos no resultaron “incorrectos” a causa de un envejecimiento prematuro, así nacieron –precisamente– del lado del psicoanálisis. La discrepancia, incluso la incompatibilidad, de esos textos con la obra freudiana es abordada en otro capítulo81 de este mismo libro. Además de este vicio de la génesis de esta obra, podemos señalar otros dos. Primero, Braunstein afirmó en el curso de Introducción a la Psicología –origen del libro en cuestión– dirigido a estudiantes que iniciaban esa carrera, que las disciplinas del materialismo histórico y del psicoanálisis “son absolutamente inseparables porque están articuladas de tal modo que es inconcebible la una sin la otra”.82 En aquel contexto cordobés, en los momentos de apogeo del entusiasmo de la militancia política, cuando el triunfo de la revolución que abriría el camino hacia el socialismo no parecía imposible, una frase así podía ser dicha y pasaba desapercibida. No obstante, lo que se escribía, como acabo de mostrar más arriba, era criticado seriamente, de inmediato. Pero este libro no se publicó en Argentina –en aquellos años hubiera sido imposible–, se trasladó al territorio mexicano. Así, la publicación de este libro en México, a causa de las ininterrumpidas reediciones, convirtió una coyuntura local muy específica de circunstancias políticas particulares en permanentes y extendidas más allá de su espacio geográfico propio, por lo tanto, discordantes con el contexto social, cultural, político, psicoanalítico, de llegada: el mexicano. El segundo vicio de origen de Psicología: ideología y ciencia está en la generalización de una solución individual que hizo accesible el psicoanálisis para una persona. Pasternac cuenta que él “necesitaba ideológicamente, sí, ideológicamente, poder situar [el psicoanálisis] en el campo de las ciencias, porque en caso contrario, pensaba con ingenuidad, ¿cómo optar por él?”83 Esta declaración es irrefutable en su dimensión estrictamente individual. No existe un diseño que indique cuáles son las vías de acceso legítimas que conduzcan a la práctica del psicoanálisis. Sin embargo, la relación del psicoanálisis con la ciencia constituye un problema no resuelto que, por lo tanto, no admite una conclusión como la althusseriana. Así, pues, la exportación al ámbito público de esta solución que opera en la intimidad de una persona constituye otro vicio de origen del mismo libro.

En México, la aceptación del  libro cordobés, publicado en la colección que dirigía Armando Suárez en la editorial Siglo XXI, fue incondicional. Es probable que el prólogo escrito por una figura conocida como Langer ayudara a la autorización de esta publicación. Pero, ¿por qué aceptar aquí un punto de vista tan discutible como el elogio de la posición de Althusser –un intelectual del Partido Comunista francés– como modelo del compromiso político del psicoanalista latinoamericano en la medida que ubicaba al psicoanálisis articulado con el materialismo histórico?

Igualmente, la recepción brindada a los autores en cuestión por el CPM, también dirigido entonces por el mismo Suárez, fue más que incondicional. Por ejemplo, aquél sostuvo que “México recibe a los primeros [analistas argentinos exiliados], que se acogen al abrigo del Círculo Psicoanalítico Mexicano, fundado por algunos discípulos de Igor A. Caruso, que se encuentran empeñados en la misma lucha contra la institucionalización del psicoanálisis y por la crítica ideológica de su inscripción entre los aparatos ideológicos de salud mental”.84 Esta afirmación resulta, por lo menos, desconcertante. ¿Acaso existe algún fundamento para afirmar que la lucha de psicoanalistas argentinos y mexicanos era la misma?

Suárez no lo dice ni reconoce las diferencias entre los dos países desde el punto de vista histórico –en Argentina no hubo una Revolución Mexicana–, cultural, psicoanalítico –la APM nunca tuvo en México una inserción en la sociedad local equivalente a la que tuvo APA en Buenos Aires, en Argentina no hubo nadie parecido a Fromm–, etcétera. El CPM recibió a un grupo muy heterogéneo de exiliados argentinos. Algunos ex-miembros de APA, algunos psicólogos militantes y otros. Para limitarnos al primer grupo, a los que se constituyeron como Plataforma –lo mismo que los militantes–, su lucha tenía el objetivo de colaborar en la construcción de la patria socialista y el psicoanálisis tenía que servir como arma de la revolución. Aquella aventura revolucionaria terminó con la más estrepitosa de las derrotas, el 24 de marzo de 1976. Uno de los participantes de aquel fatídico golpe militar, el general Ibérico Saint-Jean, amenazó aquellos días: “Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores; después a los indiferentes y por último a los tímidos”. Recordemos que para la junta militar encabezada por Jorge Rafael Videla, Freud, junto con Marx y Einstein, eran responsables de la subversión cultural en occidente. Si agregamos el hecho que entre los entonces llamados trabajadores de la salud mental había militantes, partidarios activos de la lucha armada, muy pocos “indiferentes” y “tímidos”, se entiende la apresurada y numerosa migración de este sector de la población argentina. Sin embargo, mientras más tomamos en cuenta el contexto argentino de aquellos años, más se distingue del mexicano de la misma época y más extravagante resulta la ambigua afirmación de Suárez citada más arriba.

Además, a propósito de la “lucha contra la institucionalización del psicoanálisis” en el CPM, recordemos una observación de Fernando M. González respecto a la manera en que se organizaron:

Este intento podría resumirse en una consigna: “Nosotros [los miembros del CPM] no somos una institución” y para probarlo no existían los puestos burocráticos acostumbrados, sino “formalmente”, v. gr. presidente, secretario y tesorero. Apoyábamos estas aseveraciones en una ideología grupista ingenua y en relaciones suficientemente consistentes para producir institución, pues de hecho había analistas y analizados, maestros y alumnos, legitimadores e individuos en vías de ser legitimados, una referencia a la Federación de Círculos y una historia previa de desposesión del nombre y lugar de formación. Pero como “la institución” con sus vicios era –según nosotros– la APM nos definíamos por un principio de diferencia, imaginaria en parte, pero muy útil para crear un esprit de corps.85

En pocas palabras, el CPM se constituyó como una institución a pesar de la lucha mencionada por su director anfitrión.

Siempre se ha destacado, con razón y con justicia, la enorme solidaridad de la hospitalidad brindada por Suárez en aquella época a los sudamericanos. Sin embargo, hay una consecuencia de aquella acogida cuyos efectos no han cesado de no escribirse, dicho de otro modo, no han sido suficientemente nombrados. Concretamente, en Córdoba no había ninguna irregularidad en el hecho que dos psiquiatras –futuros autores de Psicología: ideología y ciencia– no se analizaran, en la medida en que no se confundía la práctica médica de la psicoterapia que ellos realizaban con la cura psicoanalítica. Sin embargo, la recepción del CPM los transformó súbitamente en psicoanalistas no analizados [sic]. La contradicción propia de esta frase es tan extrema que produce un contrasentido mayor, incluso, llega a desencadenar un molesto efecto de obscenidad. No obstante, el CPM los cobijó. Y no se trata de lo que Freud llamó “psicoanalistas silvestres”. Éstos suelen llevar una vida pública más o menos discreta, aquéllos, al contrario, se ubicaron en el centro de la escena psicoanalítica local, sin que crítica alguna los pusiera en entredicho.

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Guadalupe Rocha, en su tesis Las instituciones psicoanalíticas en MéxicoUn análisis sobre la formación de analistas y sus mecanismos de regulación, registra este hecho. Ahí, ella cita un texto de Fernando M. González, titulado “Carta abierta a Marcelo Pasternac”. En un momento de renuncias de algunos miembros del CPM, en la carta mencionada, su autor comenta el hecho de que “ni Néstor Braunstein ni Frida Saal estaban analizados”. A propósito de esta situación, comenta:

Las opiniones estaban divididas en el Círculo y se expresaban en dos posiciones, que nunca aparecieron por cierto a la luz del día y que eran: ¿Cómo van a asumir la formación de futuros analistas gente que no está analizada? Y la otra era: son gente brillante y preparada en la teoría; no se ve por qué no pueden dar Freud mientras no se les deje la parte clínica, supervisiones, técnica, análisis. […] que ellos trabajaban como analistas sin estar analizados, era un escándalo y sin embargo ¿los que están analizados, se distinguen en algo de los que no lo están en el manejo de las propias miserias?86

El último párrafo de Estudios sobre la histeria, escrito por Freud en 1895, responde a la última pregunta de Fernando M. González a propósito de una de las miserias humanas, la histérica:

Repetidas veces he tenido que escuchar de mis enfermos, tras prometerles yo curación o alivio mediante una cura catártica, esta objeción: “Usted mismo lo dice; es probable que mi sufrimiento se entrame con las condiciones y peripecias de mi vida; usted nada puede cambiar en ellas, y entonces, ¿de qué modo pretende socorrerme?”. A ello he podido responder: “No dudo de que al destino le resultaría por fuerza más fácil que a mí librarlo de su padecer. Pero usted se convencerá de que es grande la ganancia si conseguimos mudar su miseria histérica en infortunio ordinario. Con una vida anímica restablecida usted podrá defenderse mejor de este último”.87

Sea como fuere, aquel miembro del CPM en aquella época sugiere con su pregunta que entre el analizado –si dijéramos analizante sería el paso previo del camino que conduce a la posición del analista– y el no analizado no habría una diferencia significativa. Por otra parte, el mismo autor registra una posición vigente en aquella institución que ponía a Freud del lado de la teoría, alejado de “la parte clínica” del psicoanálisis. Pero, ¿qué le queda de la obra de Freud a un analista si se la separa de la dimensión de la práctica? Esta separación entre teoría psicoanalítica, cuya enseñanza eximiría a su docente de su análisis personal –sus conocimientos sería garantía suficiente de su capacidad– y la praxis parece un antecedente de lo que posteriormente propuso el CIEP como programa de estudios: una Maestría en Teoría Psicoanalítica. De hecho, este posgrado fue tomado por sus alumnos como una vía privilegiada de formación en el psicoanálisis lacaniano. Por el momento, continúo con otra reflexión testimonial de Fernando M. González, incluida en un trabajo más reciente:

Armando Suárez había estado cerca de tres años en formación [en Viena, con Igor Caruso] y Raúl Páramo al parecer sólo un año y medio. Esto significaba que ambos tenían que continuar como pudieran su formación básica. Como ambos eran muy responsables, siguieron estudiando y buscando analizarse. […] Esta parte de la formación incompleta de ambos no fue hablada nunca francamente, sino a media voz, o, para ser más exactos, como sordo y espasmódico susurro, y esto parece haber tenido efectos transfigurados en la primera generación cofundadora, por ejemplo en el síntoma de inacabamiento que nos habitó como espectro, a pesar de que tomamos cuanto seminario, supervisión y análisis nos fue posible durante años y años. No nos bastó Marie Langer, quien había cofundado la APA, se había salido de ésta y estaba dispuesta a otorgarnos todas las legitimaciones de que carecimos. Lo no hablado pesaba. […] Aún más: tuvimos acceso, por las circunstancias de la transformación que se operó en el campo psicoanalítico en la década de los setenta, a una formación básica envidiable, mejor sin duda que la de nuestros cofundadores, didactas y maestros. Pero, curiosamente, éstos nunca fueron nuestros supervisores de casos clínicos. La clínica nos la ofrecieron los ex-APM que salieron de ésta en 1972 (como Santiago Ramírez, Isabel Díaz Portillo, Celia Díaz), y después, los argentinos y uruguayos que llegaron al exilio en 1973, ‘74. (Entre otros, Marie Langer, Ignacio Maldonado, Armando Bauleo, Diego García Reynoso, Gilou Roger [sic], etcétera.) Todo esto de los límites formativos de nuestros cofundadores mayores quedó sobreentendido, impensado […]. Sólo recuerdo que a mediados de los ochenta, un día, como al pasar, Armando Suárez –que había sido mi analista y maestro del seminario de Freud– me comentó lo de los años de formación pasados en Viena por él y por Raúl [Páramo], y de cómo Igor Caruso le había aconsejado que terminara su formación y que procurara tomar sólo los casos de futuros analistas, ya que eran ¡menos difíciles! que los de los neuróticos anónimos; este consejo no dejó de sorprenderme, pero no lo cuestioné en su momento.88

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Si González tiene razón respecto de la “formación incompleta” de los mayores, el Círculo Psicoanalítico Mexicano habría sido fundado por analizantes en busca de analistas. Además, en aquel contexto, parece que la separación radical entre teoría psicoanalítica y práctica clínica organizaba la enseñanza. Además, Suárez, “maestro del seminario de Freud”, nunca se encargó, por lo menos, durante el prolongado periodo de formación de la primera generación, de las tareas de naturaleza clínica. Esta responsabilidad estuvo a cargo de ex miembros de APM y APA. El “síntoma de inacabamiento” que afectó a la primera generación de estudiantes del CPM –o, por lo menos, para Fernando M. González– le da credibilidad a su testimonio. De todos modos, todavía no contamos con un estudio detallado que dé cuenta de las circunstancias de las agrupaciones psicoanalíticas –u otras– que hicieron posible la indudable contribución del CPM a la creación del extraño fenómeno del analista no analizado [sic].

A MODO DE CONCLUSIÓN

El CIEP fue prolífico, tuvo una descendencia numerosa. El día que presentamos los trabajos aquí publicados, el 23 de mayo de 2014, se contaban en la República Mexicana casi cuarenta instituciones dedicadas a la enseñanza del psicoanálisis, animadas en muchos casos por egresados del CIEP.89 Muchas de ellas ofrecen programas de maestrías y/o doctorados en teoría psicoanalítica. Independientemente de los términos de sus presentaciones, de sus reconocimientos oficiales o de su carácter privado, del otorgamiento o no de títulos de posgrado, estas instituciones son tomadas por sus alumnos como formadoras de psicoanalistas lacanianos.

La contradicción existente entre estos institutos y la enseñanza de Lacan a propósito de la formación de los analistas es enorme, ya que necesariamente excluyen las dos contribuciones originales de Lacan en este tema: el pase como procedimiento para acceder al título de analista y la Escuela como espacio propio e imprescindible para su efectuación y registro. La sorpresa o, incluso, la incredulidad de algunos lectores ante esta afirmación sería prueba suficiente de su pertinencia. Este tema está excluido de los programas académicos de formación de psicoanalistas o tergiversado. Por ejemplo, Braunstein afirma que “la transmisibilidad del psicoanálisis que encontraría su garantía en la experiencia del pase elevado a la categoría de principio organizador de la institución analítica” es una empresa cuyo “naufragio” conocemos.90 Esta afirmación es falsa. Sólo podría ser solidaria con la muy escasa o nula atención otorgada a la experiencia efectiva del pase en las instituciones escolarizadas de enseñanza del psicoanálisis, porque éstas son incompatibles con la primera: el pase, para efectuarse –insisto– necesita de una Escuela, en el sentido lacaniano del término. Y a propósito de la vigencia del pase, existe un acuerdo entre la gran mayoría de la población lacaniana, excepto en México, a propósito del lugar fundamental de este procedimiento como organizador de la institución psicoanalítica lacaniana. Hay discrepancias respecto a su concepción, fundamentadas en distintas cuestiones que no cabe mencionar en esta ocasión, pero nadie ha decretado ni mucho menos constatado el naufragio de la experiencia del pase. Al contrario, en este contexto mexicano tan confuso a causa de este tipo de tergiversaciones, podríamos hacer jugar al pase la función de un shibbólet91 lacaniano. No sólo está plenamente vigente sino que incluso sería posible renovarlo de acuerdo con contribuciones, todavía novedosas por poco estudiadas, del mismo Lacan.92

El Congreso Internacional de Psicoanálisis reunido en Edimburgo en 1961 emitió una serie de “recomendaciones” que la Sociedad Francesa de Psicoanálisis –de la cual Lacan era el miembro más destacado– debía cumplir para acceder y conservar su categoría de grupo de estudios perteneciente a la asociación internacional. Se trataba de “corregir” los efectos de la práctica de Lacan: las sesiones debían durar 45 minutos, se les prohibía a los candidatos asistir a conferencias o seminarios impartidos por sus didactas, etcétera. Pero la obligación de fondo era la separación definitiva de Lacan de las funciones propias de la formación de analistas.

Una comisión encabezada por Pierre Turquet,93 un psicoanalista inglés, investigó en París la práctica de Lacan. Entrevistó a sus analizantes para determinar si Lacan respetaba –o no– las reglas técnicas impuestas por la API.

El siguiente congreso, reunido en Estocolmo en 1963, aceleró el cumplimiento de la exigencia de separar a Lacan de la formación de psicoanalistas. Los hechos posteriores a este congreso han sido suficientemente relatados. Sólo reitero la respuesta de Lacan a su exclusión definitiva de la lista de psicoanalistas didactas reconocidos por la API: el 15 de enero de 1964 comenzó un seminario sobre los fundamentos del psicoanálisis y el 21 de junio del mismo año fundó la Escuela Freudiana de París. Pero su aportación más original al tema de la formación de los analistas, su declaración de independencia razonada de los criterios de la asociación internacional, la presentó a la EFP el 9 de octubre de 1967 en su proposición sobre el analista de la Escuela.94

Por lo tanto, la omisión de esta dimensión específicamente lacaniana acerca del acceso al título de analista, deja mutilada su enseñanza en el sentido más estricto del término: queda cercenada una parte que necesariamente debe estar incluida porque concierne directamente al psicoanalista, es decir, a la práctica del psicoanálisis. En las instituciones de enseñanza escolarizada del psicoanálisis lacaniano, la proposición de Lacan, cuando no es ignorada, es remplazada por reglamentos burocratizados como el llamado encuadre y sus derivados. Así, se cumple, de una manera seguramente nunca imaginada por sus autores intelectuales y materiales, la separación de Lacan –incluso post-mórtem– de las cuestiones fundamentales de la formación de los analistas, para que no incida en ellas. Con estas pocas palabras resumo la consecuencia más dañina de la enseñanza escolarizada del psicoanálisis lacaniano en México: un psicoanálisis sin un psicoanalista que lo practique orientado por las propuestas originales del mismo Lacan.

Aquí cabe recordar que la “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela” incluyó una concepción rigurosa de la transferencia, solidaria de una definición del inconciente. Sin embargo, Lacan también nos presentó otras definiciones del inconciente, que requieren de otra concepción de la transferencia que permiten al analista otras formas de operar y, por lo tanto, requieren de una modificación del procedimiento del pase. Evidentemente, se trata de un trabajo por realizar y le toca a los analistas llevarlo a buen puerto.

ADENDA

Después de concluida la corrección/reescritura de este capítulo, llegó a mis manos el libro de Fernando M. González95 sobre el pasado nazi, criminal, de Igor A. Caruso, maestro y analista de los dos fundadores mayores del CPM, Raúl Páramo y Armando Suárez. El conde italo-ruso trabajó en una clínica, en Viena, en la que sus diagnósticos psicológicos determinaban qué niños no merecían vivir y cuáles sí. Esta colaboración de Caruso con la política eugenésica del nazismo decidió la muerte de varios niños. González investigó, de acuerdo con la dirección del CPM, este horripilante episodio. El silencio en el que permaneció envuelto este antecedente criminal de Caruso, la falta de curiosidad de los cofundadores jóvenes del CPM a propósito del pasado del maestro y analista de sus mayores, decidió a esta institución y al autor hacer público el resultado de la investigación realizada. Así, nos enteramos de que existen sospechas muy bien fundamentadas de que la formación analítica de Caruso fue casi nula o, simplemente, nula.96 Estos hechos, además de las repercusiones que les lleguen a los miembros de esa institución, me obligan a proponer las siguientes reflexiones.

En primer lugar, no hay atenuantes para crímenes de la magnitud de los cometidos por Caruso. Por lo tanto, no cabe abundar en la pregunta de si habría que incluir al aristócrata ruso en la categoría de analista no analizado [sic]. Sin embargo, independientemente del horror asociado al nombre de Igor A. Caruso, sí queda planteada la necesidad de esclarecer hasta dónde la impostura de este hombre, su nula o escasa formación analítica, determinó la recepción indiscriminada de Armando Suárez, que aceptó en el CPM a un grupo compuesto por analistas, analizantes y los que se convirtieron en analistas no analizados [sic] a causa de esa hospitalidad. Una de las consecuencias de esta recepción se constata en la enseñanza del psicoanálisis llamado en México “lacaniano”, por parte de instituciones organizadas a la manera académica, es decir, contrarias a la enseñanza de Lacan.

Por otro lado, respecto del silencio y la falta de curiosidad sobre el pasado de Caruso, mencionados por González a lo largo de su libro, debo decir que no fueron exclusivas del CPM. En una fecha que en este momento no puedo precisar, al final de la década de 1970 o inicio de la de 1980, participé –junto con Estela Maldonado, Hélyda Peretti y Marcelo Pasternac– en una mesa de discusión organizada por la Alianza Francesa de San ángel. Titulé la ponencia que presenté entonces, de acuerdo con la versión sudamericana de este dicho: “En casa de herrero, cuchillo de palo”. Así comuniqué al público local la sorpresa que me causó, cuando llegué a México, el descubrimiento de la transformación de un psiquiatra y algunos psicólogos en analistas no analizados [sic].

En aquella época y durante muchos años, nadie quiso saber nada sobre este tema. Es cierto que la información que ofrecí aquella vez fue recibida por muy pocos a niveles estrictamente individuales. Sin embargo, no se la ha tomado como un problema grave cuya parte afectada es nada menos que la práctica del psicoanálisis en México.

80 M. Pasternac, “‘Freud y Lacan’ de Althusser, un cuarto de siglo después”, en Artefacto, núm. 5, 1995, p. 201.

81 Véase infra, capítulo 5, escrito por Guadalupe Trejo.

82 N. A. Braunstein et al, opcit., p. 99. (Las cursivas son del autor.)

83 M. Pasternac, “‘Freud y Lacan’ de Althusser un cuarto de siglo después”, en op. cit., pp. 188-189. (Las cursivas son del autor.)

84 Armando Suárez, “Freudomarxismo: pasado y presente”, en Franco Basaglia et al, Razón, locura y sociedad, México, Siglo XXI, 1979, p. 154. Las cursivas son mías.

85 Fernando M. González, “Notas para una historia del psicoanálisis en México en los años setenta”, en Armando Suárez (coord.), Psicoanálisis y realidad, México, Siglo XXI, 1989, pp. 100-101.

86 F. M. González, “Carta abierta a Marcelo Pasternac”, citado en Guadalupe Rocha, Las instituciones psicoanalíticas en MéxicoUn análisis sobre la formación de analistas y sus mecanismos de regulación. Tesis de Maestría en Psicología Social e Instituciones, Universidad Autónoma Metropolitana, sede Xochimilco, México, 1998, p. 15. Véase en http://www.acheronta.org/acheronta14/rochatesis3.htm. Citado a su vez en José Velasco, La génesis social de la institución psicoanalítica en México, México, UAM-Xochimilco/Círculo Psicoanalítico Mexicano, 2014, p. 358.

87 Josef Breuer y Sigmund Freud, “Estudios sobre la histeria”, en Obras completas, t. ii. Trad. José L. Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu, 1986, p. 309.

88 F. M. González, “Contribución al mito fundacional del Círculo Psicoanalítico Mexicano”, en Carta Psicoanalítica, núm. 20, 2013, p. 6. En www.cartapsi.org/spip.php?article362.

89 Ver infra, pp. 227-233.

90 N. A. Braunstein, “El psicoanálisis, por venir”, en Martha Reynoso de Solís (coord.), Historia del psicoanálisis en MéxicoPasadopresente y futuro, México, Instituto del Derecho de Asilo-Museo Casa León Trotsky, 2012, p. 239.

91 Término proveniente del Antiguo Testamento, Jueces 12:5-6. Distingue a los miembros de una comunidad de sus enemigos. Para Freud, el shibbólet del psicoanálisis fue, en 1914, la teoría de los sueños, (S. Freud, “Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico”, en opcit., t. XIV, p. 55); en 1920, el complejo de Edipo (S. Freud, “Tres ensayos de teoría sexual”, en opcit., t. VII, p. 206, n. 28); en 1923, la diferenciación de lo psíquico en conciente e inconciente (S. Freud, “El yo y el ello”, en opcit., t. XIX, p. 15); en 1932, la doctrina de los sueños (S. Freud, “29ª conferencia. Revisión de la doctrina de los sueños”, en opcit., t. XXII, p. 7).

92 J. Attal, La passe á plus d’un titreLa troisiéme proposition d’octobre de Jacques Lacan, París, Cahiers de l’Unebevue, 2012. (El pase, ¿a título de quéLa tercera proposición de octubre de Jacques Lacan, México, Me cayó el veinte, 2012). La traducción coloca una interrogación en lugar de la afirmación del título original.

93 Véase  Le rapport Turquet, prefacio de José Attal, traducción de Luc Parisel, Cahiers de l’Unebévue, París, 2014.

94 J. Lacan, “Proposition du 9 octobre 1967 sur le psychanalyste de l’École”, en Scilicet, núm. 1, 1970, pp. 14-30. (“Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela” en J. Lacan, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pp. 261-277).

95 F. M. González, Igor A. Caruso. Nazismo y eutanasia, México, Tusquets/Círculo Psicoanalítico Mexicano, 2015.