Una contribución a la descripción de la súbita aparición en México de la figura del «psicoanalista no analizado» [sic]. De Córdoba, Argentina (1966-1976) a la República Mexicana.

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Publicado el 11 de agosto del 2017 por unoauno, taller de lectura en psicoanálisis.

Miguel Felipe Sosa

Nota de unoauno, taller de lectura en psicoanálisis.

Presentamos hoy la primera entrega de este artículo de Miguel Felipe Sosa, publicado originalmente en el libro Freud y Lacan en México. El revés de una recepción (Edit. EMERGENTE, México, septiembre 2016, pp. 90-127) debido a la importancia y pertinencia de su contenido, más en el momento actual en que la academización del psicoanálisis en México es de suyo evidente. Como se señala en la introducción del libro, el primer intento de su publicación fue sometido a una censura, lo que obligó a la creación de la editorial que finalmente lo publicó.

El mismo Miguel Felipe Sosa menciona en la Introducción del libro que «en México, algo inusitado ha ocurrido con el psicoanálisis desde sus inicios. Por ejemplo, en el ámbito de la cultura, tanto en la general como en la más especializada de los intelectuales, desde las primeras décadas del siglo XX hasta la fecha, la invención de Sigmund Freud no ha sido plenamente reconocida como tal.» (p. 7), resaltando ahí mismo lo que ha sucedido en el medio psicoanalítico mexicano: «la insólita extensión, desde mediados de la década de los años setentas del siglo pasado hasta nuestros días, de una enseñanza del psicoanálisis –freudiano y lacaniano– concebido como una teoría, en oposición a Freud y a Lacan, que lo definían desde su praxis.» (p. 8)

Desde Córdoba, Argentina, hasta la República Mexicana, el psicoanálisis lacaniano tuvo dos vertientes que marcarán una gran diferencia en su transmisión y en su práctica, así como en el surgimiento de agrupaciones psicoanalíticas que más que contribuir a la enseñanza de Lacan se han dedicado a privilegiar la proliferación de diplomados, maestrías y doctorados en «psicoanálisis», ahogando con ello esa enseñanza. El libro -y este artículo en particular- pone los puntos sobre las íes en esta problemática tan actual del psicoanálisis lacaniano en México.

En dos futuras entregas publicarémos el resto del artículo, que dejamos aquí para su lectura y posibles comentarios, mismos que también podrán dirigir al autor,  Miguel Felipe Sosa, en su cuenta de Facebook: Miguel Sosa

unoauno, taller de lectura en psicoanálisis

Guadalajara, Jalisco, México. Agosto 2017.

El psicoanálisis lacaniano –a veces, llamado así sin tomar en cuenta a Lacan– que logró institucionalizarse llegó a México en la década de 1970 desde la ciudad de Córdoba, capital de la provincia argentina del mismo nombre. Específicamente, los dos mexicanos que participamos en la década siguiente en la fundación de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, en París, el 17 de noviembre de 1985, Marcelo Pasternac y el que suscribe y los que fundaron el Centro de Investigaciones y Estudios Psicoanalíticos, en México, en 1982, Néstor A. Braunstein a la cabeza, Gloria Benedito y Frida Saal, llegamos de Córdoba entre 1974 y 1976.

Los dos primeros –junto con Estela Maldonado y Hélyda Peretti, quienes regresaron a Córdoba en 1983– nos dedicamos a estudiar los seminarios de Lacan desde finales de 1976 hasta 1983. En 1981 nos encontramos en México con Jean Allouch, entonces director de la revista francesa de psicoanálisis Littoral, y así comenzamos una intensa relación de trabajo y amistad que incluyó el resto del comité editorial de aquella publicación: Philippe Julien, Guy Le Gaufey, Erik Porge y Mayette Viltard. Este equipo francés fue determinante en la constitución de la ELP, por ese motivo, es decir, por la relación de trabajo establecida con ellos, el cuarteto de cordobeses dedicado al estudio de los seminarios de Lacan participamos en la fundación de esta escuela. Tres de los fundadores del CIEP, Néstor A. Braunstein, Gloria Benedito y Frida Saal fueron autores de Psicologíaideología y ciencia, editado por Siglo XXI, en México, en 1975. Allí desarrollaron la propuesta althusseriana que afirmaba que Freud había fundado una ciencia cuando inventó el psicoanálisis. Marcelo Pasternac, el cuarto autor de la obra citada, se desligó de la posición presentada en ella al llegar a México en diciembre de 1975.1 Ese libro recoge los cursos de “Psicología General” –materia del primer semestre– dictados por sus cuatro autores en la carrera de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba en 1972 y 1973.

La aparición en el panorama del psicoanálisis local de dos agrupaciones tan radicalmente divergentes entre sí como el CIEP y la ELP no generó ningún debate respecto a tema alguno, incluido el de la formación de los analistas de acuerdo con la enseñanza y la práctica de Lacan. En pocas palabras, la segunda fue fundada, mayoritariamente, por ex miembros de la Escuela Freudiana de París, es decir, por discípulos directos de Lacan. En cambio, los cordobeses que inauguraron el CIEP no sólo no pertenecían –en Córdoba– al movimiento psicoanalítico, sino que inauguraron aquí un estilo de enseñanza del psicoanálisis lacaniano contrario a la posición de Lacan en este tema. Por ejemplo, en 1970, Lacan sostuvo: “Nuestro discurso no se sostendría si el saber exigiera la intermediación de la enseñanza. De ahí el interés del antagonismo que destaco aquí entre la enseñanza y el saber. […] Es preciso saber si este discurso [el de Lacan] entra en el marco de la enseñanza”.2 Los comentarios, las preguntas de Lacan sobre la enseñanza aquí citados han estado disponibles –en francés– para cualquier lector interesado en este tema desde 1970, en el número 2/3 de la revista Scilicet;3 desde 1971, en el número 8 de Lettres de l’École freudienne.4

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Así, pues, parece que los fundadores del CIEP construyeron un programa de enseñanza del psicoanálisis lacaniano sobre la base de la supresión de los cuestionamientos del mismo Lacan en este tema. Por su lado, la ELP, en el momento de su fundación en París, asumió una posición respecto a la enseñanza del psicoanálisis,5 compatible con la experiencia en este terreno de algunos de los miembros que participaron en su inauguración. A pesar de ello, en México, en los últimos quince años aproximadamente, ha aparecido un fenómeno por lo menos contradictorio. Miembros de la mencionada escuela se han convertido en docentes de instituciones herederas del CIEP y de otras que también ofrecen programas de formación en psicoanálisis incompatibles con la enseñanza de Lacan. Aunque la historia de la ELP no es tema de este trabajo, es imposible dejar de mencionar que esta escuela parece no ofrecer un lugar para todos sus miembros involucrados en la enseñanza del psicoanálisis.

Por otro lado, la información acerca del contexto cordobés de aquella época, en lo que concierne al ámbito del cual proveníamos los protagonistas de estos novedosos acontecimientos, no fue suficientemente requerida aquí o –lo que fue peor– la que estuvo disponible careció de consecuencias.6 Esta información todavía es necesaria  para contar con antecedentes confiables, fácilmente comprobables, que nos orienten en la descripción de la situación actual del psicoanálisis en México, en la cual la herencia de aquellas circunstancias cordobesas tienen hoy una presencia que no es posible ignorar si queremos ubicarnos aquí en el psicoanálisis inaugurado por Lacan en Francia. Por este motivo y para subsanar ese déficit de origen, presentaré un panorama de lo que sucedía en aquella ciudad, en el ámbito del psicoanálisis. La necesidad de esta presentación es debida a la extraordinaria transformación acaecida especialmente a los cuatro autores del libro Psicologíaideología y ciencia, en el momento de su arribo a la ciudad de México: dos psicólogas y dos psiquiatras cordobeses se convirtieron en psicoanalistas no analizados [sic]. Es cierto que estos cuatro no fueron los únicos casos de tan portentosa mutación. Me referiré sólo a ellos a causa del descomunal destino del libro citado –un verdadero bestseller– y a la fecundidad del CIEP en la generación de instituciones de enseñanza del psicoanálisis lacaniano,7 contrarias a las posiciones de Lacan en este tema.

Debo aclarar que no me ocuparé en este capítulo de las vicisitudes de la vida personal, profesional o intelectual de estos cordobeses después de su llegada a México más allá de lo que resulte pertinente para el desarrollo del título de este capítulo: la descripción del extraño fenómeno de la súbita aparición aquí del psicoanalista no analizado [sic].

No obstante, antes de entrar en detalles –para pisar terreno firme– es necesario definir mínimamente y articular de una manera clara los términos “psicoanálisis” y “psicoanalista”.

DOS DEFINICIONES DE PSICOANÁLISIS

El 20 de noviembre de 1963, Lacan interrumpió el seminario que ofrecía en el hospital Santa Ana, en París, desde hacía diez años. Tomó esta decisión cuando su nombre fue borrado de la lista de didactas de la asociación a la que entonces pertenecía. Es sabido que ése fue el mecanismo mediante el cual fue excluido de la formación de analistas en el ámbito de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Dos meses después, el 15 de enero de 1964 –cinco meses antes de la fundación de la Escuela Freudiana de París– reanudó su seminario en la Escuela Normal Superior con el objetivo de estudiar los fundamentos del psicoanálisis.

El papel determinante de Louis Althusser en la mudanza de la sede del seminario de Lacan es ampliamente conocido. Sin embargo, las vicisitudes de la relación del filósofo marxista con el psicoanalista abatido por el repudio de los que habían sido sus compañeros de institución apenas fueron reconstruidas minuciosamente por José Attal en su libro La no-excomunión de Jacques Lacan.8 Allí, Attal nos descubre, apoyado especialmente en las cartas a su amiga Franca, el proyecto que Althusser le tenía reservado a Lacan desde antes de que éste le escribiera el 21 de noviembre de 1963, en busca de un nuevo público:9 al tomarlo a su cargo en un momento en el que Lacan lo necesitaba, el filósofo, “a la manera de Maquiavelo” haría del atribulado analista “un Príncipe del que será el consejero”. De hecho –continúa Attal– como lo anunciaba a Franca, Althusser realmente se tomará el trabajo de hacer que Lacan sea conocido “de acuerdo con el modelo del Príncipe”.10 No obstante, el consejero “se propondrá como un instrumento a exclusiva disposición del Príncipe, pero haciendo a la vez del príncipe un instrumento para su uso”.11 Entonces, Attal sostiene que en su refugio de la Escuela Normal Superior, Lacan “retoma desde la primera sesión [de su seminario] todos los términos que Althusser le ha sugerido: ciencia, concepto, no concepto, posición dentro/fuera, Marx, etcétera. Es verdaderamente un Lacan bajo la influencia althusseriana el que se presenta aquel día […] e identificado con Spinoza”.12 A pesar de la pertinencia de la cuestión, dejamos de lado el comentario de los detalles de los avatares y la desaparición de la identificación de Lacan con Spinoza y del concomitante fin de “la hipnosis althusseriana” estudiados por Attal en el libro citado. Quiero llamar la atención sobre el hecho de que en el contexto del seminario del 15 de enero de 1964 descripto detalladamente por Attal, Lacan recuperó una definición del psicoanálisis irónica inicialmente –propuesta en 1955, en “Variantes de la cura tipo”–13 ajena y contraria a la epistemología althusseriana, como criterio orientador del analista en la cura: “el psicoanálisis es el tratamiento dispensado por un psicoanalista”.14

Esta definición coloca al analista y, por lo tanto, a la práctica –no a la teoría– en el lugar desde el cual el psicoanálisis se define. Posteriormente, Lacan sostuvo la misma afirmación respecto a la supremacía de la praxis, por lo menos, en otras dos ocasiones: en el seminario del 14 de enero de 1970, “el análisis es lo que se espera de un psicoanalista”,15 y el 11 de febrero del mismo año, “el psicoanálisis es lo que hace un psicoanalista”.16

Es cierto que al paso de los años y de los cambios en su enseñanza, Lacan propuso otras definiciones del psicoanálisis y del analista. En esta ocasión, sólo me apoyo en ésta a causa del momento en el que la reiteró y por la necesidad de contar con una referencia precisa que nos oriente en una exploración atenta del panorama local de lo que se ha llamado la formación de los analistas.

La segunda definición proviene del seminario del 11 de enero de 1977:

El psicoanálisis, ya lo dije, lo repetí recientemente, no es una ciencia. No tiene su estatuto de ciencia y no puede más que esperarlo, aguardarlo. Pero es un delirio, es un delirio del que se espera que porte una ciencia. Es un delirio del que se espera que devenga científico, se puede esperar mucho tiempo. Se puede esperar mucho tiempo, como les dije, porque… simplemente porque no hay progreso, y lo que se espera no es forzosamente lo que se recoge. Es un delirio científico entonces, y se espera que porte una ciencia pero eso no quiere decir que, que jamás la práctica analítica portará esa ciencia.17

Aunque dejamos sin definir este tipo de delirio del que cabe esperar que porte una ciencia, es claro que Lacan acerca el psicoanálisis a ésta, pero en términos de una esperanza irrealizable. Por lo tanto, para mantener aunque sea un acuerdo mínimo con el fundador de la EFP, desde el lado del psicoanálisis, la afirmación de su cientificidad requeriría de un trabajo cuyo fundamento vaya más allá de una referencia epistemológica abstracta. Especialmente, debido a que el año siguiente, el 7 de septiembre de 1978, en la clausura de un congreso de su escuela sobre la transmisión del psicoanálisis, Lacan sostuvo: “Freud inventó esta historia, hay que decirlo, bastante estrafalaria (loufoque), que se llama el inconciente, y el inconciente es, quizás, un delirio freudiano”.18

Asimismo, continúa este breve discurso afirmando que la invención freudiana cura las neurosis e, incluso, las perversiones. Aunque comenta la crítica de Karl Popper al psicoanálisis –explica demasiado, es una conjetura que no admite refutación–, Lacan conecta la invención freudiana con la práctica de la cura de síntomas neuróticos, no con un problema epistemológico teórico, ya que el “el psicoanálisis es el tratamiento dispensado por un psicoanalista”. Así, pues, de acuerdo con esta observación de Lacan, no encontramos obstáculo alguno para reconocer el carácter delirante del discurso que intente dar cuenta de la práctica del psicoanálisis. De este delirio, anclado en la dimensión que se ha dado en llamar clínica, podemos esperar que porte una ciencia, es decir que pertenezca al ámbito del psicoanálisis. Insisto: sólo si se cumple la condición de que provenga de la práctica analítica. Así sucede con la teoría kleiniana, para dar sólo un buen ejemplo de ello.

Y a propósito de la enseñanza, la conclusión de este congreso fue una de las ocasiones en las que Lacan –inquieto– afirmó que el psicoanálisis es intransmisible. Es decir, el problema de la definición del psicoanálisis y el de su enseñanza requieren de una elucidación cuyo comienzo no se observa en nuestro horizonte mexicano.

CÓRDOBA, ALLÁ LEJOS Y HACE TIEMPO

Durante el periodo histórico que les propongo –entre 1966 y 1976–, los argentinos vivimos situaciones sociales, políticas, económicas, culturales, extraordinariamente intensas y variables en grado extremo. El 28 de junio de 1966, un golpe militar instaló un sistema totalitario de gobierno llamado “Revolución Argentina”. El presidente designado entonces por los comandantes en jefe de las tres armas –ejército, marina y fuerza aérea–, el general Juan Carlos Onganía, tomó medidas tan anti–populares y de tal magnitud en el ámbito de la educación universitaria, la economía, la política, el sindicalismo, que poco a poco se fue gestando en el país una exacerbación de la lucha de clases junto con un clima de insurrección popular cuya manifestación más acabada fue el “Cordobazo” del 29 de mayo de 1969.19 Este movimiento desencadenó el comienzo de la caída de aquel régimen militar que había pretendido instalarse definitivamente en el poder. Así, se inició poco a poco el restablecimiento de la vida democrática que permitió la imprescindible legalización plena del peronismo y el regreso al país de su líder, el general Juan Domingo Perón.

Al mismo tiempo, a causa de la clausura de la vida cívica impuesta por el régimen militar, la lucha armada se incorporó rápidamente a la actividad política y fueron apareciendo las acciones de la Organización Montoneros, del Ejército Revolucionario del Pueblo y de otros grupos combatientes. De este modo se alimentó, por lo menos en un sector de la población, la esperanza de un cambio radical que condujera a la construcción de una sociedad más justa que la que conocíamos. Sin embargo, desde cerca de 1974, en la cúpula del poder militar, civil y eclesiástico, se fueron gestando las bases de un proyecto político, económico y cultural de exterminio de cualquier forma de oposición a lo que los actores del golpe militar del 24 de marzo de 1976 llamaron el “estilo de vida occidental y cristiano” de los argentinos.

Según el almirante Emilio Massera, uno de los genocidas integrante de la primera junta militar instalada aquel nefasto año de 1976, la subversión cultural en occidente era responsabilidad de Marx, por cuestionar la propiedad privada, de Einstein, por desafiar las ideas existentes del espacio y del tiempo, y de Freud, por atacar la intimidad de las personas. La extraordinaria difusión alcanzada por el psicoanálisis en la sociedad argentina lo convirtió, en aquel contexto, en un peligroso enemigo del proyecto genocida de entonces.

Pero la elección de este periodo de la historia argentina no se debe solamente a los hechos ocurridos allá entre los dos golpes militares del 28 de junio de 1966 y del 24 de marzo de 1976. Tengo dos motivos más para efectuar este recorte histórico. Primero, en 1966, en París, la editorial Seuil publicó los Écrits de Lacan. Aunque la circulación de mercancías, libros incluidos, no era muy veloz en aquellos tiempos, las 877 páginas escritas por Lacan llegaron a Córdoba algún tiempo después de su publicación en Francia. En el grupo de formación de psicoanalistas al que pertenecí era obligatorio leer en su idioma original los textos psicoanalíticos escritos en francés. Así fue como los Écrits de Lacan se convirtieron, para algunos de nosotros, en uno de los libros escogidos para el aprendizaje de esa lengua. De todos modos, también leímos los artículos de Lacan publicados en 1971 por la editorial Siglo XXI en México como Lectura estructuralista de Freud.20 El segundo motivo, también en 1966, fue que comencé a buscar un psicoanalista para analizarme por las razones más comunes por las que la gente generalmente necesita analizarse: inhibiciones, síntomas, angustias –para decirlo en términos freudianos– y así ingresé, sin tener una conciencia clara de ello, en el mundo del psicoanálisis. No tenía, entonces, el proyecto de convertirme en analista porque trabajaba en un instituto de investigación en biología molecular. Me interesaba en el ácido ribonucleico de las neuronas de las ratas criadas en el mismo instituto. La única neurosis de la que me ocupaba era la mía y buscaba tratarla con un psicoanalista. Y desde entonces, en Córdoba, lo mismo que en Buenos Aires, psicoanalista significaba un profesional debidamente formado en esa disciplina, es decir, en algún instituto de alguna asociación psicoanalítica afiliada a la Asociación Internacional.

Es cierto que al terminar la década de 1960, los grupos de estudio privados abundaban en Buenos Aires. Sin embargo, la mayoría de ellos estaban a cargo de docentes de APA que ofrecían seminarios –incluso análisis didácticos– a psicólogos que por su título u otras razones no podían ingresar a la prestigiada institución psicoanalítica. En síntesis, durante aquellos años, en Argentina, todavía no había otra alternativa para la formación de los psicoanalistas. Recurro a esta confidencia para marcar el lugar desde el cual reconstruyo los hechos presentados en esta narración.

Entonces, la continúo. Jorge Balán, en Cuéntame tu vida, comenta que en 1962, la revista Primera Plana –dirigida por Jacobo Timerman– publicó en su primer número un artículo titulado “¿Somos todos neuróticos?” Las respuestas a esta pregunta elaboradas por redactores de la revista se fundamentaban en encuestas dirigidas a distintos “expertos”. Respecto al resultado periodístico, el autor mencionado subraya que “el artículo no erraba en los nombres de las profesiones de sus informantes: psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas recibían el título adecuado. Rascovsky y PichonRivière eran clasificados como psicoanalistas. Mauricio Goldemberg era presentado como psiquiatra, el padre Moyano como psicólogo y León S. Pérez como ‘catedrático’, mientras que los otros expertos consultados eran ‘encuestadores’ y ‘sociólogos’”.21 Esta cita demuestra que en Córdoba, lo mismo que en Buenos Aires, no era necesario ejercer o arrogarse ningún tipo de autoridad especial para distinguir al practicante de la psicología, de la medicina o del psicoanálisis. Era un hecho de cultura general, incluso para un aspirante a investigador en una ciencia básica de la medicina –como era mi caso– en un ámbito muy alejado del psicoanálisis.

Por ese motivo, voy a tratar de reconstruir aunque sea mínimamente aquel ambiente cordobés en el cual, de una manera bastante espontánea y colectivamente, el psicoanalista no se confundía con el psiquiatra ni con el psicólogo. Esta reconstrucción es necesaria para precisar qué llegó a México como psicoanálisis lacaniano y cómo fue recibido. Porque además, sucedió que el psicoanálisis que Lacan enseñaba y practicaba en París, arribó a Córdoba por una vía radicalmente distinta a la de Buenos Aires y esto todavía ha sido poco estudiado. En muy pocas palabras, Oscar Masotta, un intelectual, introdujo el psicoanálisis lacaniano en Buenos Aires desde la vanguardia cultural. En cambio, en Córdoba, fue un psicoanalista el que en su consultorio puso en contacto a sus analizantes con esa novedosa práctica clínica.

EL GRUPO DE FRANCHERI

Osvaldo Francheri, argentino de nacionalidad, hizo su formación como analista en la ciudad de Montevideo, en la Asociación Psicoanalítica del Uruguay, afiliada a la Asociación Psicoanalítica Internacional. En una entrevista realizada por Pilar Ordóñez, Patricio Debiase y César Mazza, el 17 de abril de 2010, y publicada en la revista Exordio, Francheri declaró:

Me formé en la Asociación Internacional Psicoanalítica –sucursal Montevideo– con un psicoanalista francés, excelente, llamado Willy Baranger. Yo vivía en Montevideo porque fui a analizarme, precisamente porque había oído hablar de este psicoanalista francés. Una vez que me formé, analicé, que hice mis análisis, mis controles didácticos y que me autorizaron para analizar […] emigré a Buenos Aires. Estuve un par de años coqueteando un poco con la APA, pero no me gustó como institución.22

Después o durante ese “coqueteo”, Francheri comenzó a viajar a Córdoba en 1967, para analizar en grupo, como era habitual en aquella época. Y así fue como empecé a analizarme. Asimismo, en la misma entrevista, Francheri cuenta:

En los seminarios de la APU nos pidieron que leyéramos un artículo sobre la cura, que salía sólo en una enciclopedia médica. Yo tenía los tres tomos de psiquiatría, en uno de ellos salía el artículo de un tal Bouvet  “La cura tipo”. Lo leí porque tenía que estudiarlo; pero soy muy curioso y al dar vuelta las páginas me encuentro con “Variantes de la cura tipo” de Lacan. Me pareció tan espléndido lo que decía, tan racional, que dije: ¡Qué es esto! Este es un tipo inteligente, evidentemente. Tiene sentido común. Ahí empezó mi cosa con Lacan. Felizmente, manejaba el francés, así que lo pude leer y empecé con los Escritos. No me sentía suficientemente fuerte porque no tenía con quien hablar sobre eso, hasta que me dijeron que iba a ir a Montevideo un analista de la escuela de Lacan, compañero de Lacan, que se llamaba Serge Leclaire. Iba a dar un curso, a hacer controles, y a dar conferencias. A Montevideo me fui. Estuve una semana con Leclaire. Era un tipo fabuloso como persona y muy inteligente como psicoanalista, excelente. Nos hicimos muy amigos. El asunto es que con esa escasa formación lacaniana empecé a trabajar. No me fue mal trabajando. Descubrí muchas cosas que fueron una sorpresa para mí, empecé a entenderlo más a Lacan con el trabajo.23

Francheri llama “trabajo” a lo que hacía en su actividad de analista –incluida la transmisión– con sus analizantes. Por lo tanto, el espacio privilegiado de su descubrimiento de la enseñanza de Lacan y el de las correspondientes sorpresas fue el de su práctica. Aunque nunca nos hizo una declaración en ese sentido, inevitablemente, quedamos advertidos del lugar preponderante de la práctica en el psicoanálisis. Más adelante, Francheri comenta que “después de un tiempo, en 1973, se realizó el congreso de la IPA en París. Yo fui, pero no a la IPA, sino a la casa de Lacan […]. Lacan conversó con nosotros dos veces nada más. El resto del tiempo que estuve en París lo pasé con Leclaire”.24

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No recuerdo cuándo comenzó a correr la voz en Córdoba acerca del proyecto de Francheri de viajar a nuestra ciudad para analizar, quizás a finales de 1966 o al comienzo de 1967. El hecho es que organizó por lo menos tres grupos cuyos participantes fuimos seleccionados de acuerdo con el criterio de analizabilidad vigente entonces para un análisis en grupo con objetivo terapéutico, no didáctico. Nos integramos en un grupo de neuróticos, no de futuros analistas. La búsqueda de la formación comenzó después.

Los viajes de este analista a Córdoba constituyeron un acontecimiento en nuestra ciudad. En primer lugar, para los que necesitábamos analizarnos. En segundo, para la sociedad en general. Jorge Balán comenta, a propósito del reportaje del primer número de la revista Primera Plana, que para los argentinos, en la década de 1960, “analizarse no era algo que la gente hiciera por temor a la locura, sino casi como síntoma de salud y deseo de maduración, [era] una costumbre bien vista que a nadie se le ocurriría ocultar a familiares y amigos”.25 Por ese motivo, cuando Francheri decidió radicarse en Córdoba y organizar un pequeño grupo de formación de psicoanalistas, el acontecimiento inaugural causado por sus viajes semanales se hizo mucho más notable, y los que fuimos seleccionados para su proyecto adquirimos una buena dosis de respetabilidad y notoriedad públicas. No fuimos los únicos cordobeses que nos formábamos como analistas y, por lo tanto, no éramos los únicos que constituíamos el mundo del psicoanálisis local. Había otros que viajaban a Buenos Aires para hacer su formación allá, en APA o fuera de ella con miembros de esa institución. De cualquier manera, en aquella época no había otro psicoanalista radicado en Córdoba que se hiciera cargo de un grupo de formación de analistas. Cabe subrayar que esta última afirmación se efectuaba allá espontáneamente y sin emitir ningún juicio de valor. Los que nos analizábamos y estábamos incluidos en un proyecto claro de formación de analistas seguíamos ese camino y eso era público. Por contraste, también quedaba definido de manera igualmente espontánea y pública quiénes pertenecían al ámbito médico de la psiquiatría y no al del psicoanálisis.

Así, pues, antes de que finalizara la década de 1960, Francheri se había instalado en nuestra ciudad con el objetivo de formar psicoanalistas. Para ese fin, seleccionó a cuatro candidatos entre varios aspirantes: Amalia Giorgi, María Esther Novotny de López, Fernando Bringas y yo. Las dos mujeres eran psicólogas, los dos hombres éramos médicos.

Comenzamos un análisis de cuatro sesiones semanales de cincuenta minutos exactos cada una. Simultáneamente, los cuatro compartíamos el mismo número de horas de supervisión de casos, los fines de semanas, cuando Haydée Faimberg, de la Asociación Psicoanalítica Argentina, viajaba a Córdoba y nos reuníamos en un salón del Hotel Crillón. Amalia nos abandonó por razones muy personales y durante poco tiempo quedamos sólo tres integrantes del grupo más privilegiado. Posteriormente, la influencia de Lacan se hizo sentir. La duración de las sesiones se hizo variable, el grupo de formación se amplió con el ingreso de Henoch Bringas, Ana María Galea, Estela Maldonado, Gerardo Mansur, Pedro Palombo, Hélyda Peretti y Ana Weiassman. Además de estudiar el psicoanálisis transmitido por Jorge Canestri y Nicolás Espiro –miembros de APA–, leímos algunos escritos de Lacan con Jorge Jinkis, un discípulo de Oscar Masotta, filosofía con Oscar del Barco, lingüística con Carlos Zolla, y clínica psiquiátrica con el doctor Bringas Núñez.

En una fecha que en este momento no logro precisar, Francheri invitó a Willy Baranger a Córdoba. Tuvimos la oportunidad de participar en dos actividades con él: la supervisión individual de casos clínicos y la asistencia a una conferencia que el invitado tituló “Melanie Klein y Lacan”. El público de Baranger lo constituimos solamente los analizantes de Francheri. Es decir, fuimos los únicos destinatarios de las reflexiones de un destacado kleiniano, miembro de APA y uno de los fundadores de APU, acerca de los puntos de contactos y las diferencias entre las posiciones de la psicoanalista radicada en Londres y el francés. Así, Baranger nos ayudó a renovar nuestra curiosidad intelectual y clínica por la enseñanza de Lacan.

La vía de acceso a la enseñanza de Lacan a través de Francheri y Baranger marcó la particularidad de la transmisión de esta corriente del psicoanálisis en Córdoba, en este grupo. Allí, fue el psicoanalista con el que nos analizábamos el que en su propio consultorio nos permitió colocarnos en la posición de analizantes, en el sentido lacaniano, es decir, la posición desde la cual es posible pasar a la de analista, sin la participación de la comisión de enseñanza o cualquier otra instancia institucional semejante a la de los institutos pertenecientes a sociedades afiliadas a la Asociación Psicoanalítica Internacional. Por lo menos, ésa fue mi experiencia.

Para hacer aprehensible la transmisión lacaniana efectuada por Francheri son necesarias algunas precisiones, aunque sean mínimas. Helas aquí. Las circunstancias cordobesas de entonces –no contábamos con una sucursal de la API, no había otro psicoanalista residente en nuestra ciudad– facilitaron que Francheri asumiera una posición lacaniana: se hizo cargo plenamente de la responsabilidad de nuestra formación ya que asumió las funciones de la comisión de enseñanza, que en aquellos años era el núcleo de la institución psicoanalítica dedicada a la formación en cualquier asociación afiliada a la Asociación Internacional. Él seleccionó los primeros cuatro candidatos –rechazó a otros– entre los que nos propusimos para el análisis didáctico. Amplió el grupo cuando lo estimó pertinente con otros también seleccionados por él. Designó supervisores y docentes y canceló una designación como la de nuestra primera supervisora. Él mismo lo cuenta: “Llegó un momento en el que ya no la pude tolerar [a Haydée Faimberg], porque era excesivamente kleiniana. No funcionaba controlando a mis pacientes a los que [yo] trataba de otro modo. Entonces yo escribí a la APA, a mi amigo Jorge Mom que era su presidente, diciendo que ya no necesitaba más los excelentes servicios de esta analista”.26

Esta centralización de las funciones de la institución analítica en la figura del analista facilitó, en mi experiencia, la concentración de la transferencia en el analista en vez de dividirla entre éste y aquélla. Por ese motivo, cuando tomé la iniciativa de finalizar mi análisis y trasladarme a México, saldé mi cuenta con el sujeto supuesto saber. Francheri estuvo de acuerdo con mi decisión, a pesar de que él daba de alta a sus pacientes. No sé si él estaba advertido o no de la importancia del asentimiento del analista –cuando es necesario, no se trata de una regla de aplicación universal– para la efectuación de la caída del sujeto supuesto saber. El hecho es que su acuerdo me permitió ubicar el lugar del analista en un circuito donde el prestigio de éste sólo estaba destinado a esfumarse en el deser lacaniano.

También cabe destacar otro rasgo que, desde mi punto de vista, se lo debemos a la transmisión lacaniana de Francheri. Ninguno de los que fuimos sus analizantes en aquella época ni siquiera intentó pertenecer a alguna filial de la API. Al contrario, uno de los que fue rechazado para el análisis didáctico en el marco de este proyecto hizo su formación en Buenos Aires, en APA o en APDEBA. Uno de nosotros, Fernando Bringas, optó por la función pública y la psiquiatría. Los otros estuvimos disponibles, cuando se nos presentó la ocasión, para participar en la fundación de una escuela lacaniana. Estela Maldonado, Hélyda Peretti y yo, junto con Marcelo Pasternac, contribuimos a la fundación de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis en París, el 17 de noviembre de 1985. Los que permanecieron en Córdoba (excepto Pedro Palombo que se incorporó posteriormente a la misma escuela) fundaron en 1978 una institución, el Ateneo Psicoanalítico de Córdoba, futura base de la Sección Córdoba de la Escuela de Orientación Lacaniana, AMP. La disponibilidad para pertenecer a una escuela lacaniana implica necesariamente la participación, de alguna manera, en el procedimiento de acceso al título de analista de la escuela (AE) propuesto por Lacan en octubre de 1967 y conocido como el pase. Y éste es uno de los rasgos fundamentales que distinguen al psicoanálisis lacaniano de las escuelas propias de la Asociación Internacional.

En este punto, Francheri no fue una excepción. Su pertenencia institucional determinó su posición respecto al pase. En una entrevista periodística publicada en un diario cordobés en el año de 1991, sostiene que “el Pase… está aún en un impasse” o que “la invitación que lanzó allí Lacan [en la Proposición del 9 de octubre de 1967] de formular una teoría que verdaderamente fundamentara una escuela y con ella, el Pase, quedó en magnífica propuesta”. Y ante la pregunta acerca de los avatares de la problemática de la formación y de las instituciones analíticas convertidas en iglesias, Francheri responde: “¿Qué advendrá? Lo que advenga cuando todos los psicoanalistas logren poder conversar (los excelentes teóricos como Miller y Allouch entre sí, por ejemplo y ellos con otros lacanianos y todos ellos con la gente de la IPA), para lograr una comunidad mundial de trabajo, estudio e intercambio amable, comunidad para la cual las obras ciclópeas de Freud y de Lacan no tendrán dueños por ser el patrimonio de la humanidad”.27 Este anticipo de final feliz, rebosante de espíritu ecuménico, es incompatible con la enseñanza de Lacan. Éste no construyó un sistema de pensamiento coherente, acabado y perteneciente a “la humanidad” como si hubiera sido un filósofo o un científico. Por otra parte, el pase es una práctica vigente en las escuelas lacanianas, no quedó como una propuesta inviable.

NOTAS

1 Véase infra pp. 118-119.

2 Jacques Lacan, “Alocución sobre la enseñanza”, en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p. 323.

3 J. Lacan, “Allocution prononcée pour la clôture du congrès de l’École freudienne de Paris le 19 avril 1970, par son diecteur”, en Scilicet, núms. 2/3, Seuil, 1970, París, pp. 391-399.

4 J. Lacan, “En guise de conclusión”, en Lettres de l’École freudienne de Paris, núm. 8, 1971, pp. 205-217.

5 Véase, “Sobre la enseñanza”, en “Documentos que acompañaron la fundación de la escuela lacaniana de psicoanálisis”, en Artefacto, núm. 1, 1990, pp. 33-35.

6 Cuento como excepciones las entrevistas realizadas por José Velasco García, Juan Capetillo y Juan Alberto Litmanovich. Los tres me ayudaron con sus preguntas a reconstruir distintas facetas de mi participación en la historia cordobesa que aquí relato. Mi agradecimiento a cada uno de ellos.

7 Véase infra pp. 229-233.

8 José Attal, La no-excomunión de Jacques Lacan, Buenos Aires, El cuenco de plata, 2012.

Ibid., pp. 186-189.

10 Ibid., p. 190.

11 Ibid., p. 191.

12 Ibid., p. 195.

13 J. Lacan, “Variantes de la cura-tipo”, en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo xxI, 2009, p. 317: “un psicoanálisis, tipo o no, es la cura que se espera de un psicoanalista”.

14 J. Lacan, Seminario Los fundamentos del psicoanálisis, publicado como Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, seminario del 15 de enero de 1964, Paidós, 1987, Buenos Aires, p. 11.

15 J. Lacan, El reverso del psicoanálisis, Barcelona, Paidós, 1992, p. 56.

16 Ibid., p. 87.

17 J. Lacan, L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre. Versión mimeografiada. Seminario del 11 de enero de 1977. Véase en el sitio de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis en http://www.ecolelacanienne. net/bibliotheque.

18 J. Lacan, “9° Congrès de l’École Freudienne de Paris sur ‘La transmission’”, en Lettres de l’École, núm. 25, vol. 2, 1979, pp. 219-220. Véase en http://www.ecole-lacanienne.net/pictures/mynews/71 439E93BC0D9BB3EDDC83DDF736661F/1978-07-09.pdf

19 Los interesados encontrarán en Youtube documentales sobre este acontecimiento histórico. Véase http://www.youtube.com/watch?v=N_8NkANEx8g, o http://www.youtube.com/watch?v=b1zOR-_pShU.

20 A causa de la enérgica desautorización de ese título por parte de Lacan, Siglo XXI canceló la circulación de esta edición y la reemplazó por los dos tomos de los Escritos.

21 Jorge Balán, Cuéntame tu vida. Una biografía colectiva del psicoanálisis argentino, Buenos Aires, Planeta, 1991, p. 161.

22 “Entrevista a Osvaldo Francheri”, en Exordio, núm. 2, Centro de Investigación y Estudios Clínicos, Córdoba, 2010, p. 21.

23 Ibid., pp. 21-22.

24 Ibid., p. 22.

25 J. Balán, op. cit., p. 161.

26 “Entrevista a Osvaldo Francheri”, en op. cit., p. 23.

27 Entrevista de Fernando Demiry a Osvaldo Francheri en La voz del interior, Córdoba, 19 de diciembre de 1991. Agradezco a Pilar Ordóñez y Cesar Mazza el obsequio de una fotocopia de esta entrevista.